Si tienes hígado graso (no alcohólico), esto te interesa

Sufrir hígado graso, también conocido como esteatosis hepática, no es ninguna tontería. Es uno de los órganos más vitales que tenemos en nuestro organismo y está encargado de cientos de funciones entre las que destacamos la producción de bilis, regula el nivel de azúcar en sangre, crea anticuerpos y neurotransmisores, almacena las vitaminas A, D, E, K y B12, depura los medicamentos, crea sustancias del plasma sanguíneo, regula la coagulación sanguínea, compensa la bilirrubina, etc.

Para mejorar nuestra salud siempre se ha hablado de mantener una dieta equilibrada y hacer deporte moderado de forma asidua, así que, en el caso de tener hígado graso, no cambia nada, al revés, se aconseja bastante la dieta saludable y el ejercicio.

Qué es el hígado graso y qué lo provoca

Un hombre sujeta una hamburguesa entre sus manos con higado graso

Hay dos tipos de hígado graso, el alcohólico y el no alcohólico. El primero es el que vamos a tratar a lo largo de estas líneas. El hígado graso no alcohólico es una afección hepática más común de lo que muchos creen y está desencadenada por una mala alimentación, entre otros factores como, por ejemplo, sobrepeso, niveles altos de azúcar en sangre, resistencia a la insulina, niveles altos de triglicéridos en sangre, síndrome metabólico, síndrome del ovario poliquístico, apnea del sueño, etc.

Lo que provoca esta enfermedad es la acumulación de grasa en las células hepáticas. Una anomalía en el hígado puede llevar a graves consecuencias como la cirrosis, insuficiencia hepática o incluso cáncer de hígado.

Cuanto peor sea nuestra alimentación y menor sea la actividad física, más probabilidades habrá de sufrir hígado graso. Además, el aumento de la obesidad infantil, también ha aumentado los casos de adolescentes con hígado graso.

Es por esto que se trata de un riesgo real y que puede afectar de igual forma a grandes y pequeños sin tener en cuenta su edad, solo la alimentación y la actividad física.

Síntomas y cómo se detecta

Los pacientes diagnosticados esteatosis hepática coinciden en algunos síntomas como cansancio generalizado, malestar general, molestias no específicas por la zona superior derecha del abdomen, fatiga, inflamación del abdomen, palmas de las manos enrojecidas, color amarillento en la piel y en los ojos, etc.

Se puede detectar de varias formas, el diagnostico ya recae sobre el médico especialista y el centro de salud:

  • Hemograma completo.
  • Analizar la función hepática y las enzimas hepáticas.
  • Un análisis para detectar hepatitis.
  • Pruebas de enfermedad celíaca.
  • Pruebas de glucemia en ayuno.
  • Comprobar la estabilidad de la glucemia.
  • Hacer un perfil lípido de la grasa en la sangre (colesterol y triglicéridos).

También se puede detectar el hígado graso con una ecografía abdominal, RM, un TAC o una biopsia hepática. En esta última prueba se comprueba el estado real en el que se encuentra el hígado, por lo que suele ser un procedimiento habitual en estos casos.

Otros métodos son una Elastografía transitoria, es una prueba con ultrasonidos para comprobar la rigidez del hígado, y la Elastografía por resonancia magnética que es una mezcla entre una resonancia magnética y ondas sonoras para crear un mapa visual y comprobar la rigidez de los tejidos del cuerpo.

Una doctora mirando una radiografía

Consejos para combatir el hígado graso

Esta afección hepática puede combatirse con una serie de consejos básicos, pero siempre hay que consultarlo con un médico especialista. No se trata solo de cambiar las hamburguesas por ensaladas, sino que detrás lleva un control médico y una valoración casi constante de nuestra salud.

Dieta equilibrada y actividad física

Decir adiós a las grasas, productos ultraprocesados, azúcares, dulces y bollería industrial, pizzas y comidas preparadas y ultracongeladas, bebidas azucaradas, comidas aceitosas, exceso de hidratos de carbono, etc. Y cambiar nuestros hábitos alimenticios introduciendo poco a poco más frutas, verduras, legumbres, frutos secos, semillas, vegetales de todo tipo, mucha fibra y beber 2 litros de agua al día.

El sedentarismo no es un buen aliado, al revés, una mala alimentación combinada con sedentarismo propicia la aparición de enfermedades como el hígado graso, así como sobrepeso, colesterol, diabetes, problemas cardiovasculares, etc. Hacer deporte varias veces por semana y con una intensidad moderada ayuda a combatir esta enfermedad hepática con consecuencias fatales.

La obesidad es una de las causas de esta enfermedad hepática, así que bajar de peso es un apunte clave en la recuperación. Lo recomendable es ponernos en manos en un dietista – nutricionista y crear una rutina de deporte que empiece por algo leve y vaya aumentando conforme nuestro cuerpo se va a adaptando. Aparte del deporte, hay que mejorar la dieta, tal y como hemos comentado antes y llevar un control médico más o menos exhaustivo.

Una mujer obesa se mira la barriga

Evitar el alcohol y el tabaco

Aunque nuestro hígado graso no esté relacionado con el alcohol, la ingesta de esa bebida no favorece en absoluto a nuestra recuperación, sino todo lo contrario, puede agravar las consecuencias y acelerar la aparición de cirrosis y de cáncer.

El tabaco no es bueno para la salud, esto es un secreto a voces desde hace décadas. El tabaco, y su humo, afectan a quienes fuman y a quienes rodean a los fumadores, incluidas las mascotas. Las sustancias químicas y tóxicas del tabaco afectan negativamente al organismo, pudiendo acelerar problemas de salud en el caso de sufrir hígado graso.

No tomar ciertos medicamentos

El mundo de la medicina actual es apasionante, un medicamento que es bueno para los dolores, puede ser malo para el corazón, por ejemplo. Es por esto por lo que hay que evitar los medicamentos que favorezcan a la enfermedad hepática del hígado graso, así que antes de entrar en el círculo vicioso de la automedicación, lo mejor es acudir a un especialista y él sabrá qué medicinas podemos tomar, la dosis y la duración del tratamiento.

Alimentos recomendados para reducir el hígado graso

Numerosos estudios afirman que la dieta mediterránea es la mejor opción frente a este problema hepático. Esto se debe a que nuestra dieta es rica en grasas monoinsaturadas, baja en carbohidratos (si es una dieta muy variada), rica en omega 3, con una gran cantidad de frutas y verduras.

Una tostada de queso freco, aguacate y semillas

Frutas y verduras esenciales

Entre los vegetales y las frutas que debemos comer si sufrimos este problema en el hígado está el calabacín, lechuga, berenjena, cebolla, brócoli, coliflor, col rizada, pimientos, kiwi, piña, naranja, limón, ciruelas, manzana, pera, fresas, papaya, frutos rojos, tomate, zanahoria, aguacate, etc.

Todos estos alimentos son ricos en vitamina C, esto está demostrado que ayuda a reducir la aparición de grasa en el hígado. Asimismo, estos alimentos sirven para limpiar el cuerpo y ayudan a reducir el azúcar en sangre.

Las propiedades antioxidantes de los cítricos son claves en la limpieza del hígado. Pero mejor no excederse ni tomar cítricos en ayunas, ya que podría provocarnos dolores de estómago.

Por su parte, el aguacate, al igual que el aceite de oliva, es rico en grasas monoinsaturadas y en ácido graso omega 3, dos propiedades claves para reducir el colesterol, además de equilibrar el nivel de azúcar en sangre. Ambos son muy importantes en la limpieza del hígado.

Los frutos secos y las semillas, también cuentan con grasas saludables como el aceite de oliva y el aguacate.

Alimentos ricos en fibra

Como el pan 100% integral, las legumbres, las semillas y los frutos secos. Las mejores opciones son las lentejas, los garbanzos, las alubias, arroz, pasta integral, las semillas de lianza, chía y girasol, las nueces y almendras, etc.

Todo esto incluye fibras solubles que ayudan al organismo a digerir los alimentos y a deshacerse de las grasas, evitando así, la acumulación de esta en el hígado y otras zonas del cuerpo.

Además, son muy ricas en proteínas vegetales, bajas en calorías, bajas en sodio y altas en potasio. Esto último ayuda a disminuir la presión arterial.

Filetes de pollo con brócoli

Carnes blancas

Como pavo, pollo o pescado (salmón, trucha, caballa…) Son fáciles de digerir, bajos en grasas, pero mantienen un buen aporte de proteínas, también tienen grasas insaturadas, minerales esenciales como hierro, cobre y zinc, además de vitaminas del grupo B.

Es mejor decantarnos por esos pescados y carnes, en lugar de continuar consumiendo carnes rojas que son altas en grasas poco saludables, como las grasas saturadas, y también altas en colesterol. Ambas cosas son muy poco recomendables si tenemos hígado graso.

Lo mejor es cocinar la carne blanca al vapor y acompañarlo de aceite de oliva virgen extra, verduras asadas o crudas, o también arroz integral. Debemos huir de los rebozados y de las comidas muy saladas.

Lácteos, yogures y quesos bajos en grasas

Todo lo que sea yogur desnatado o leche desnatada (también en opciones vegetales), sin azúcar, sin sal y con pocas calorías, lo podemos tomar con cierta frecuencia. Lo mejor es preguntar a nuestro médico, pero, por ejemplo, podemos tomar un yogur con frutas a modo de merienda o desayuno y acompañarlo con semillas como chía, amapola y similares.

El queso fresco es de las mejores opciones en estos casos, además es un alimento muy versátil, ya que podemos comerlo en ensaladas, solo, con aguacate, con aceite y tomate, consemillas, etc. En caso de optar por yogures y leches, lo mejor es que sean vegetales o desnatados, pero siempre sin azúcar y bajos en grasas.

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