Todo nuestro cuerpo se encuentra perfectamente conectado, y cualquier fallo en un sistema puede repercutir en el resto. Por ejemplo, la flora intestinal influye directamente en nuestro sistema inmunológico, tanto que constituye aproximadamente un 60% de este.  Sí, sí, tu sistema inmunológico es el más complejo dentro del cuerpo, y es el encargado de mantenernos saludables y protegidos.

¿Qué dos tipos de sistemas inmunológicos tenemos?

El sistema inmunológico dispone de distintos niveles de defensa para usar contra los invasores externos. Además de tener barreras anatómicas (la piel, las lágrimas, el sudor o la salivación), el sistema inmune se divide en dos progresiones diferentes. Primero, nos encontramos la parte innata en la que el organismo provoca una respuesta amplia y general a cualquier invasor extraño, como las bacterias o virus. Por ejemplo, cuando te haces un corte o te quemas la mano, el dolor y la inflamación son parte del sistema inmunitario innato.
En segundo lugar, nos encontramos con el sistema inmune humoral o adaptativo. Es decir, cuando nuestro cuerpo aprende y mejora con una experiencia repetida. Un ejemplo claro sería la varicela. Una vez que la pasas cuando pequeño, tu organismo aprende a combatirla de manera efectiva y sería raro que volvieras a sufrirla.

¿Qué relación tiene con la flora intestinal?

Y, como decíamos antes, la flora intestinal influye en el sistema inmunológico. Los científicos aún están estudiando de qué forma sucede esto, pero sí sabemos ya que el intestino afecta a la parte mucosa de nuestro sistema inmunológico. Es decir, se comunica con el sistema inmune e, incluso, puede afectar en el crecimiento de ciertos órganos necesarios en una función inmunológica.

La flora intestinal está aliada con microbios extraños que viven en una relación simbiótica con nosotros, como “huéspedes”. Nuestra relación con la flora es compleja y se mantiene en un cambio constante, aunque lo ideal es que exista una concordancia que nos permita vivir en armonía.
Cuando la flora intestinal funciona de forma adecuada y descompone los alimentos que ingerimos, uno de sus beneficios secundarios que obtenemos es la producción de ácidos grasos de cadena corta. Estos ácidos grasos se encargan de hacer muchas cosas importantes, como aumentar la función mitocondrial o la sensibilidad a la insulina. Pero, por desgracia, esto no siempre ocurre.

Si la flora se altera o desaparece (por la tomas de antibióticos, por una gripe o por estrés crónico), las bacterias patógenas tienen la oportunidad de ganarnos terreno. Y esto podría provocar serios problemas de salud como insensibilidad a la insulina, inflamación o hiperpermeabilidad intestinal.
Digamos que la flora es como un portero de una discoteca y no puede permitir que ninguna “basura” se entrometa en los límites establecidos. Cuando esto ocurre, la flora le indica al sistema inmunológico que necesita ayuda. Y, claro, si nuestro sistema inmunológico se pone a trabajar horas extras para capturar a los malos, nos quedaremos con que no está funcionando de la forma adecuada.

4 consejos para mejorar el sistema inmunológico

  • Realiza una dieta saludable. Tener una alimentación poco sana y llena de productos ultraprocesados, te hará tener deficiencias en algunos nutrientes. ¿Apenas tomas verduras, frutas o cereales? Estás tardando en introducirlos en tu dieta diaria para mantener un organismo fuerte.
  • Mantén un buen nivel de ácidos grasos esenciales. Esto es muy beneficioso para la inflamación sistémica.
  • No te olvides de tomar un buen probiótico de vez en cuando. Los probióticos son microorganismos vivos que ayudan a mejorar tu equilibrio intestinal. Tampoco es cuestión de obsesionarte tomando probióticos todos los días de tu vida, pero sí estaría bien que te acordases en momentos estresantes, después de tomar alguna medicación fuerte o si te sientes mal. En caso de sufrir gastroenteritis, te vendrá muy bien.
  • Duerme lo suficiente. Al igual que con tu ordenador o teléfono móvil, permite que tu cuerpo se apague, recargue y reinicie. Es necesarios que descanses entre 7 y 10 horas diarias, en un ambiente acorde y sin iluminación artificial.