El cerebro no deja de funcionar con la edad, pero su ritmo cambia. A partir de los 60 años, es normal tardar un poco más en recordar un nombre o una fecha, pero eso no significa que la memoria esté perdida. La clave está en mantener una serie de hábitos diarios que, según la evidencia cientÃfica, ayudan a preservar la agilidad mental y a retrasar el deterioro cognitivo. Neurólogos y expertos en longevidad coinciden en que la prevención es la herramienta más eficaz, y que nunca es tarde para empezar.
En España, la Sociedad Española de NeurologÃa (SEN) ha puesto el foco en dos gestos muy sencillos que la mayorÃa descuida: hacerse una analÃtica de sangre al año y controlar la tensión arterial de forma periódica. Según su encuesta ‘Hábitos cerebrosaludables’, solo el 51% de los españoles se realiza un análisis preventivo, y más del 40% nunca se mide la tensión si no tiene sÃntomas. Estos descuidos, sumados al sedentarismo y la mala alimentación, aumentan el riesgo de ictus y demencia, dos de las principales causas de discapacidad y muerte en el paÃs.
El impacto del envejecimiento en la memoria

Con los años, el cerebro pierde algo de plasticidad y la recuperación de información se vuelve más lenta. Factores como la hipertensión, la diabetes, el aislamiento social o la falta de sueño pueden acelerar ese proceso. Varios estudios recogidos por neurólogos españoles indican que hasta el 45% de las demencias podrÃan evitarse o retrasarse actuando sobre estos factores de riesgo modificables. No se trata de un destino inevitable, sino de una cuestión de hábitos.
El doctor Federico Castillo, neurólogo del Hospital San Pedro de Logroño, recuerda que el 90% de los ictus son prevenibles con cambios en el estilo de vida. La hipertensión arterial es el enemigo número uno, seguida del colesterol elevado, la diabetes y el sedentarismo. Además, alerta sobre el consumo de alcohol: «No existe una cantidad segura para el cerebro», afirma, ya que incluso consumos moderados pueden provocar atrofia cerebral.
Los siete hábitos diarios que protegen el cerebro

Los expertos coinciden en que no hay una única solución, sino una combinación de rutinas. La lista de hábitos con más respaldo cientÃfico incluye: caminar o moverse al menos 30 minutos al dÃa, dormir entre 7 y 8 horas con horarios regulares, seguir una dieta mediterránea rica en verduras, legumbres, pescado y aceite de oliva, y mantener la mente activa con lectura, escritura o juegos de estrategia. A esto se suma la vida social: conversar, participar en actividades grupales y mantener vÃnculos afectivos protege la reserva cognitiva.
El control de la tensión arterial, la glucosa y el colesterol es otro pilar fundamental. La SEN recomienda revisar la tensión desde los 3 años y hacerse analÃticas periódicas, especialmente a partir de los 40. Por último, evitar el tabaco y el exceso de alcohol cierra el cÃrculo de la prevención. Como señala el biohacker Marcos Apud, «los suplementos son el último eslabón; la base son los hábitos».
La importancia del sueño y el ejercicio
Dormir bien no es un lujo, es una necesidad biológica. Durante el sueño profundo, el cerebro activa el sistema glinfático, que elimina toxinas como la proteÃna beta-amiloide, relacionada con el Alzheimer. El doctor Castillo advierte que la privación crónica de sueño daña la estructura cerebral de forma irreversible. Por su parte, el ejercicio fÃsico, especialmente el entrenamiento de fuerza, dispara el BDNF, una proteÃna que actúa como «fertilizante» del cerebro y favorece la neuroplasticidad.
La actividad fÃsica también mejora la circulación, reduce la inflamación y ayuda a controlar el peso y la presión arterial. Los estudios demuestran que combinar ejercicio aeróbico con fuerza y equilibrio produce mejoras significativas en la función cognitiva de personas mayores. Incluso pequeñas dosis de movimiento, como subir escaleras o caminar durante la jornada laboral, cuentan.
Señales de alerta y cuándo acudir al médico
No todos los olvidos son iguales. Repetir la misma pregunta varias veces, perderse en trayectos conocidos, tener dificultad para seguir una conversación o cambios de conducta como apatÃa o confusión son señales que merecen una valoración médica. Estos sÃntomas pueden deberse a deterioro cognitivo, depresión, efectos secundarios de fármacos o problemas neurológicos. La neuropsicóloga Laura MartÃn-Romo, de la Fundación Casaverde, subraya que gestionar el estrés crónico es un acto de neuroprotección, ya que el cortisol elevado daña el hipocampo, región clave para la memoria.
En cualquier caso, los especialistas insisten en que nunca es tarde para empezar a cuidar el cerebro. La epigenética demuestra que los hábitos pueden modificar la expresión de los genes, y que incluso a los 60 o 70 años se pueden generar nuevas neuronas y conexiones. Como concluye Marcos Apud, «la longevidad no es solo vivir más años, sino tener vida dentro cuando esos años llegan».
Asà pues, proteger el cerebro no requiere gestos heroicos, sino constancia en lo básico: moverse, dormir, comer bien, relacionarse y controlar los factores de riesgo. La ciencia lo respalda y los neurólogos lo repiten: la prevención es la mejor medicina para mantener la memoria, la autonomÃa y la calidad de vida con el paso de los años. Cada pequeño hábito cuenta, y el momento de empezar es ahora.

