La artrosis de rodilla es una de las dolencias articulares más frecuentes, y durante años se ha repetido que lo mejor para proteger la articulación es evitar movimientos bruscos y actividades de impacto. Sin embargo, la evidencia cientÃfica más reciente está cambiando esta percepción. Dos estudios independientes, publicados en revistas de prestigio, coinciden en que el ejercicio bien planificado no solo es seguro, sino que puede mejorar el dolor, la función y la calidad de vida de quienes padecen esta enfermedad.
El primer trabajo, un metaanálisis que reunió 217 ensayos clÃnicos con más de 15.000 participantes, demostró que distintas modalidades de ejercicio —aeróbico, de fuerza, flexibilidad y mente-cuerpo— reducen el dolor y mejoran la marcha. El segundo, publicado en el British Journal of Sports Medicine y realizado con más de 17.000 personas diagnosticadas de artrosis, encontró que la práctica de deportes de impacto no incrementa el riesgo de necesitar una prótesis de rodilla y, de hecho, se asocia con una menor probabilidad de requerir una prótesis de cadera, entre un 36% y un 48% menos.
La evidencia cientÃfica respalda el movimiento

Ambos estudios coinciden en un punto clave: el reposo absoluto no protege el cartÃlago, mientras que el movimiento dosificado sà lo hace. El metaanálisis destacó que el ejercicio aeróbico fue especialmente eficaz para aliviar el dolor a corto y medio plazo, y que la combinación de fuerza y flexibilidad aporta beneficios adicionales en la función diaria. Por su parte, la investigación sobre deportes de impacto subraya que el vÃnculo entre impacto y desgaste articular no es tan directo como se creÃa, cuestionando la idea de que correr daña las rodillas de forma inevitable.
Además, los resultados indican que quienes solo realizan actividades sin impacto presentan una densidad ósea inferior, lo que podrÃa aumentar el riesgo de fracturas. Esto refuerza la idea de que incluir estÃmulos variados —como ejercicios con peso, saltos controlados o trabajo pliométrico— puede fortalecer zonas crÃticas como la cadera y la columna lumbar, siempre con una progresión adecuada.
Claves para ejercitarse sin dañar la rodilla
La principal conclusión de ambas investigaciones es que la individualización del entrenamiento resulta esencial. No existe una receta única: cada persona debe ajustar la intensidad, el volumen y el tipo de ejercicio según su nivel de dolor, su estado fÃsico y la respuesta de su rodilla. La llamada «regla del dolor» —si la molestia aumenta durante la actividad o persiste más de 24 horas, conviene reducir la carga— es un criterio práctico que aparece en ambos trabajos como guÃa para evitar sobrecargas, evitando asà los ejercicios prohibidos al sufrir artrosis.
Asimismo, los expertos insisten en la necesidad de una progresión gradual. Aumentos repentinos en la intensidad o el volumen son la principal causa de lesiones, incluso en personas sin artrosis. Por eso, combinar ejercicios aeróbicos de bajo impacto (como andar para el dolor de rodilla o la bicicleta estática) con sesiones de fuerza y, si se tolera, algo de impacto controlado, parece la estrategia más equilibrada. La ciencia actual invita a revisar las recomendaciones clásicas y a considerar el movimiento como un aliado, siempre que se respeten los lÃmites individuales.
En definitiva, la artrosis de rodilla no tiene por qué significar el fin de la actividad fÃsica. Dos grandes estudios respaldan que el ejercicio, incluso el de impacto, puede ser beneficioso si se planifica con criterio y se escuchan las señales del cuerpo. Mantenerse activo, con la orientación adecuada, ayuda a conservar la movilidad, reducir el dolor y retrasar la necesidad de intervenciones quirúrgicas. La clave está en moverse, pero hacerlo de forma inteligente.
