Arte, ciudad, deporte y pantallas: así se está transformando la conversación sobre salud mental

  • El arte se consolida como herramienta terapéutica en hospitales de salud mental españoles, reforzando el vínculo entre pacientes y profesionales.
  • Un estudio en Albacete relaciona el barrio y las desigualdades económicas con un mayor riesgo de primeros episodios psicóticos, especialmente en mujeres.
  • Expertos en psicología aplauden que deportistas de élite visibilicen sus bajas por motivos emocionales, incluyendo la dimensión espiritual como apoyo.
  • El consumo intensivo de vídeos cortos impacta en la atención y en el bienestar emocional, lo que lleva a recomendar límites digitales para cuidar la salud mental.

salud mental

La salud mental se ha convertido en uno de los grandes debates públicos en España y en buena parte de Europa. Ya no solo se habla de diagnósticos o tratamientos, sino también de cómo influyen el arte, el barrio en el que vivimos, el deporte de élite o el uso de la tecnología en nuestro bienestar psicológico.

En hospitales, universidades y consultas de psicología se está dibujando un cambio de enfoque que combina terapias clásicas con alternativas terapéuticas: desde certámenes artísticos en unidades de psiquiatría hasta mapas urbanos del riesgo psicótico, pasando por deportistas que paran para cuidarse y estudios que alertan del impacto de los vídeos cortos en la atención.

El arte como terapia en los hospitales de salud mental

En un hospital español especializado en salud mental, la celebración del vigésimo aniversario de su Certamen de Arte y Salud Mental ha servido para recordar cómo la creatividad se ha convertido en una herramienta terapéutica de primer orden. Durante la inauguración de la muestra, la subdirectora médica subrayó que, en el ámbito sanitario, el arte funciona como un lenguaje alternativo que permite expresar lo que muchas veces cuesta decir con palabras, facilita la comprensión de uno mismo y refuerza el vínculo con los demás.

Según explicó la responsable médica, este espacio supone que la persona deje de identificarse solo con la etiqueta de paciente para reconocerse también como artista. Esa doble identidad abre la puerta a vivirse como alguien con capacidades, proceso y recorrido, más allá del trastorno o el diagnóstico. Para los equipos, el certamen es una forma de celebrar el camino compartido entre pacientes, terapeutas y otros profesionales.

La supervisora de enfermería del centro recordó la evolución del proyecto: empezó únicamente con una categoría de pintura y hoy suma relato, poesía, fotografía y técnicas mixtas. En estos años se han presentado más de 750 obras, elaboradas por personas atendidas en diferentes recursos de salud mental: unidades de hospitalización, centros de día, hospitales de día, unidades de trastornos de la conducta alimentaria y dispositivos de rehabilitación psicosocial y laboral.

En esta edición, las obras premiadas en pintura y dibujo llevaron títulos tan sugerentes como «Refugio», «El árbol que me sostiene» o «Árboles». En fotografía, se reconocieron trabajos como «Los colores de la vida», «Flores que aprendieron a abrirse» o «Respirar, sentir, estar». En técnica mixta destacaron propuestas como «Menina Picasiana», «Cronometría del alma» y «Suturando heridas, tejiendo esperanzas»; mientras que en literatura el jurado seleccionó relatos con títulos tan potentes como «El silencio de Holow», «Romper» y «Los desmembradores».

bienestar emocional

Durante la ceremonia, varios pacientes se animaron a explicar públicamente el significado de sus obras, en un ambiente marcado por los nervios, la ilusión y un fuerte sentimiento de compañerismo. Presentaron piezas como «Preceptos», «Brotaron flores» o «El árbol que me sostiene», junto a las ya premiadas «Refugio» o «Suturando heridas, tejiendo esperanzas». Lejos de fórmulas edulcoradas, compartieron vivencias vinculadas a la tristeza, el maltrato, la soledad o la esperanza, sin esconder el dolor, pero también sin renunciar a la valentía de ponerle forma.

Una de las participantes, autora de varias pinturas, describió su obra ganadora «Refugio» como una representación de ese abrazo sincero que se convierte en lugar seguro en los momentos difíciles. Hablaba de cuerpos que parecen disolverse como gas, contornos que se desdibujan y almas que se fusionan, hasta el punto de que la pena de una persona se compensa con el consuelo de la otra. Otra de sus piezas, «Ella», encarnaba a la vez la depresión y la fortaleza de quien soporta la tormenta con los ojos cerrados, esperando a que pase.

Su cuadro «Confía», realizado con sanguina, se construye alrededor de la idea de que siempre hay algo que sostiene: una persona, una ilusión, una fe o una forma de entender el universo. El pigmento deja las manos del artista teñidas, recordando que ese apoyo también está dentro de cada uno. En paralelo, el trabajo grupal «Suturando heridas, tejiendo esperanzas» mostraba cómo quienes han vivido falta de cariño, desprecio o maltrato encuentran fuerza en el apoyo mutuo, reforzando la idea de comunidad como factor de protección.

La jornada de aniversario se cerró con un concierto del coro escolar «Voces por la convivencia», una agrupación de jóvenes entre 12 y 18 años de un instituto madrileño que ha sido varias veces premiada a nivel nacional. Su actuación, con villancicos tradicionales y versiones de piezas como «Hijo de la luna», puso la emoción a flor de piel y sirvió de broche simbólico a dos décadas de un proyecto que vertebra cultura, participación y salud mental dentro del hospital.

El barrio también importa: mapa del riesgo psicótico en una ciudad española

Más allá de los hospitales, la investigación académica en España está empezando a mirar la salud mental con lupa territorial. Un equipo de la Universidad de Castilla-La Mancha se planteó si la dirección de casa podía influir en la probabilidad de sufrir un primer episodio psicótico, uno de los cuadros más disruptivos y de mayor impacto en el proyecto vital de una persona joven.

Los llamados primeros episodios psicóticos suelen debutar entre el final de la adolescencia y la treintena e incluyen alucinaciones, delirios, conducta desorganizada y, en ocasiones, ideas suicidas asociadas a una gran angustia. Quienes los padecen ven afectadas casi todas las áreas de su vida: estudios, empleo, relaciones y autonomía. Por eso, la detección precoz se considera clave para reducir el deterioro y facilitar la recuperación funcional.

En la ciudad de Albacete, los investigadores analizaron 106 casos atendidos entre 2016 y 2022 en un programa especializado del Hospital Perpetuo Socorro y los compararon con 383 domicilios de control seleccionados aleatoriamente. El objetivo era evitar que la simple concentración de población en ciertos barrios distorsionara los resultados, algo que podría llevar a atribuir a un área de la ciudad un riesgo que en realidad solo refleja que allí vive más gente.

Aplicando técnicas de estadística espacial, el equipo pudo identificar zonas donde el riesgo real de episodio psicótico era mayor, incluso una vez tenidos en cuenta factores personales como el consumo de sustancias. La novedad del trabajo reside justo ahí: no solo mira variables individuales, sino que suma indicadores socioeconómicos y geográficos para entender cómo el entorno urbano contribuye (o no) a la aparición del trastorno.

factores sociales y salud mental

Los resultados muestran que las áreas con menores ingresos presentan tasas sensiblemente más altas de primeros episodios psicóticos. Es decir, las desigualdades económicas no se quedan solo en el terreno material, sino que actúan como un amplificador del riesgo de trastornos mentales graves, ensanchando las brechas ya existentes en salud.

El estudio apunta además a las mujeres de los barrios más desfavorecidos como un grupo especialmente vulnerables, al confluir en ellas múltiples factores de desventaja: económicos, de género y, a menudo, relacionados con cuidados y cargas familiares. Los autores defienden que las estrategias de intervención deberían ser sensibles al sexo y al contexto, diseñando apoyos específicos para estas realidades.

La precisión geográfica utilizada permite algo muy práctico para las administraciones: dirigir recursos a las zonas con mayor riesgo. Desde programas de detección temprana hasta un refuerzo del acceso a servicios de salud mental comunitaria, pasando por políticas de urbanismo y vivienda que tengan en cuenta este componente. Los investigadores plantean incluso la posibilidad de integrar cartografía catastral en futuros trabajos para afinar aún más: conocer el tipo de edificación, la densidad, el uso del suelo o la distribución de recursos públicos podría ayudar a entender mejor qué barrios concentran más vulnerabilidad.

Con esta línea de trabajo se abre la puerta a un modelo en el que la salud mental deje de verse como un asunto exclusivamente individual y pase a formar parte del diseño de las políticas urbanas y sociales. Al final, el lugar en el que vivimos, junto con quiénes somos y las desigualdades que arrastramos, puede marcar una diferencia importante en nuestro bienestar psicológico.

Deportistas de élite que paran para cuidarse: el valor de decir «necesito ayuda»

Mientras la investigación académica señala el papel del entorno, en el mundo del deporte profesional empiezan a verse gestos que hace unos años eran poco habituales. En el caso de un jugador de fútbol de primer nivel que milita en un club europeo de referencia, su decisión de tomarse unas semanas de baja para cuidar su salud mental tras un episodio de fuerte presión mediática ha reabierto el debate sobre cómo afrontan los deportistas de élite el desgaste psicológico, y sobre la importancia de colocar la salud mental al mismo nivel que la física.

Tras ser expulsado en un partido clave y recibir críticas intensas, el futbolista pidió permiso para apartarse temporalmente de la competición y viajar a Israel y a su país de origen para centrarse en su bienestar emocional, en un retiro con fuerte componente espiritual. Psicólogas clínicas y especialistas en autoconocimiento han valorado positivamente esta decisión, siempre que no se utilice como excusa para eludir responsabilidades en el trabajo, y destacan que colocar la salud mental al mismo nivel que la física es un paso imprescindible.

Una de las expertas consultadas recuerda que en contextos de alta exigencia como el deporte profesional, el cuerpo y la mente pueden quedar atrapados en un estado de alerta constante. Detenerse permite bajar esa activación, descansar emocionalmente y ganar perspectiva sobre lo que está ocurriendo. Si la persona se siente descentrada, confundida o sin sentido vital, poder parar ofrece la oportunidad de revisar qué ha llevado hasta ahí y de reorientar la propia vida con ayuda psicológica cuando hace falta.

Los especialistas insisten también en el factor tiempo: recuperar el equilibrio requiere espacios reales de desconexión, algo difícil de conseguir cuando los estresores siguen plenamente activos. La idea de “parar, desconectar y reconectar con lo esencial” deja de presentarse como un lujo para convertirse en una parte más del proceso de recuperación y prevención, útil no solo cuando todo se ha desbordado, sino como hábito periódicamente regenerador.

En el caso concreto de este jugador, su descanso ha estado marcado por una vivencia espiritual intensa. Psicólogas y profesionales ligados a servicios de salud espiritual en hospitales destacan que, en momentos de crisis personal o enfermedad, la dimensión espiritual puede actuar como factor protector, al ofrecer consuelo, esperanza y, a menudo, el apoyo de una comunidad de referencia. Otros expertos añaden que, para algunas personas, depositar parte de la carga en una figura trascendente puede funcionar como un acto de liberación emocional, siempre que se combine con un trabajo psicológico sólido.

En paralelo, experiencias como la creación de cátedras universitarias de salud espiritual o la incorporación de equipos específicos en hospitales españoles muestran que la espiritualidad empieza a reconocerse como una dimensión más a tener en cuenta en determinadas intervenciones de salud mental, sin sustituir a los tratamientos médicos o psicoterapéuticos, pero sí acompañándolos.

Vídeos cortos, atención fragmentada y bienestar emocional

Otro frente que se está analizando con lupa es el de las plataformas de vídeos cortos como TikTok o los formatos «reels» y similares. Su diseño, basado en clips rápidos, personalizados por algoritmos que aprenden de lo que hacemos y dejamos de hacer, facilita que pasemos largos ratos enganchados sin apenas darnos cuenta.

Los estudios distinguen entre un uso más activo, en el que se comenta, se reacciona y se salta constantemente de un vídeo a otro, y un uso más pasivo, en el que la persona se limita a mirar lo que va apareciendo en pantalla. En ambos casos, la experiencia tiende a capturar la atención de manera intensa y sostenida, pero en el uso muy activo parece haber efectos cognitivos más claros.

Una investigación publicada en la revista Neuropsychologia, en la que participaron más de 300 personas, utilizó la Prueba de Red de Atención para separar tres componentes: la alerta (capacidad de reaccionar ante estímulos inesperados), la orientación (dirigir la atención a una señal concreta) y el control ejecutivo (resolver conflictos entre estímulos que compiten). En quienes utilizaban de forma muy activa estas plataformas se observó un peor rendimiento en la alerta, con reacciones más lentas ante señales imprevistas, aunque no se encontraron diferencias relevantes en orientación ni en control ejecutivo.

Un segundo experimento, centrado en la actividad cerebral en reposo, detectó una mayor conectividad entre dos regiones clave: la corteza prefrontal ventral derecha, implicada en la evaluación de estímulos relevantes, y la corteza cingulada posterior derecha, un nodo central de la llamada red en modo por defecto. Este patrón se relacionó con una disminución de la capacidad de alerta, lo que sugiere que la interacción constante con vídeos cortos podría estar moldeando de forma sutil cómo el cerebro gestiona la atención, incluso cuando no estamos delante de la pantalla.

Más allá de la atención, un metaanálisis de la American Psychological Association, basado en 71 estudios y casi 100.000 participantes, apunta a que el consumo intensivo de este tipo de contenidos se vincula con un peor bienestar emocional: más estrés, más ansiedad y más síntomas depresivos. Los efectos aparecen tanto en jóvenes como en adultos; individualmente pueden parecer moderados, pero a escala poblacional se hacen mucho más visibles.

Claves para equilibrar pantallas y salud mental

Aunque no se trata de demonizar las redes sociales ni los vídeos breves, los especialistas coinciden en que aprender a poner límites es fundamental para proteger la atención y el bienestar emocional. Algunas pautas prácticas pasan por utilizar las funciones de tiempo de pantalla del propio móvil para fijar un máximo diario razonable e ir reduciéndolo de forma progresiva, en lugar de intentar dejarlo de golpe.

Otra estrategia útil es desactivar las notificaciones que nos invitan continuamente a volver a la aplicación. Quitar ese estímulo constante reduce la sensación de urgencia y ayuda a que sea la persona quien elija cuándo conectarse, y no al revés. En momentos de tentación, puede ser más efectivo sustituir el gesto automático de abrir la app por actividades alternativas breves: leer algo corto, escuchar un audio o simplemente salir a caminar unos minutos.

Incrementar los momentos del día en los que se está sin pantalla también marca una diferencia: evitar el móvil durante las comidas, antes de dormir o en ciertos trayectos permite que la mente descanse y que el sistema atencional recupere algo de aire. A la vez, si se decide seguir consumiendo vídeos, optar por contenidos más largos y estructurados, con valor educativo o reflexivo, contribuye a reducir el patrón de consumo automático y fragmentado.

Las investigaciones y experiencias recientes apuntan a una idea compartida: la salud mental se construye en muchos frentes a la vez. Desde un hospital que abre espacios al arte para dar voz al sufrimiento y la esperanza, pasando por mapas urbanos que señalan qué barrios necesitan más apoyo, hasta deportistas que paran para cuidarse y personas que replantean su relación con las pantallas, todo suma en un cambio cultural en el que pedir ayuda, ajustar el entorno y revisar hábitos dejan de ser signos de debilidad para convertirse en parte de una vida más habitable.

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