Una de las señas de identidad de los países del sur de Europa, la dieta mediterránea, vuelve a situarse en el foco de la investigación científica. Más allá de sus efectos sobre el corazón o el metabolismo, un amplio trabajo realizado en España sugiere que este patrón alimentario podría ayudar a frenar el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento, y que buena parte de este beneficio pasaría por la microbiota intestinal.
El estudio, liderado por equipos de la Universitat Rovira i Virgili (URV), el Institut de Recerca Biomèdica CatSud / IISPV y el área de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición del CIBER (CIBEROBN), señala que las personas mayores con sobrepeso u obesidad y síndrome metabólico que se mantienen fieles a la alimentación mediterránea presentan una microbiota más saludable y una evolución cognitiva más favorable que quienes se alejan de este modelo.
Dieta mediterránea, microbiota y deterioro cognitivo: un seguimiento de seis años
La investigación, publicada en la revista científica BMC Medicine, se ha basado en el análisis de 746 adultos mayores con alto riesgo cardiometabólico, todos ellos con sobrepeso u obesidad y síndrome metabólico. Estas personas, residentes en España, han sido seguidas durante aproximadamente seis años en el marco del proyecto multicéntrico PREDIMED-Plus.
A lo largo del seguimiento, el equipo científico evaluó de forma periódica tres grandes dimensiones: el grado de adherencia a la dieta mediterránea, la composición de la microbiota intestinal y la evolución de la función cognitiva. Para ello se emplearon cuestionarios dietéticos detallados, análisis de muestras fecales y baterías de pruebas neuropsicológicas que miden memoria, atención, lenguaje, aprendizaje y capacidad de tomar decisiones.
Los resultados apuntan a que las personas que seguían con más constancia el patrón mediterráneo presentaban una microbiota intestinal con un perfil bacteriano más favorable y, al mismo tiempo, un deterioro cognitivo más lento que quienes se alejaban de este estilo de alimentación. Dicho de otra manera, las diferencias en la manera de comer se traducían también en diferencias en el ecosistema microbiano del intestino y en cómo este parecía relacionarse con el envejecimiento cerebral.
Según los autores, el diseño del trabajo como estudio de cohorte prospectivo a largo plazo aporta solidez a las asociaciones observadas, aunque recuerdan que no permite afirmar de forma definitiva una relación causa-efecto. Aun así, la consistencia de los datos refuerza la idea de que la dieta mediterránea podría desempeñar un papel relevante en la protección de la función cognitiva en edades avanzadas, especialmente en poblaciones con alto riesgo cardiometabólico.
El trabajo ha estado liderado por la investigadora predoctoral Jiaqi Ni como primera autora y dirigido por el catedrático Jordi Salas-Salvadó, junto con las investigadoras Nancy Babio y Stephanie K. Nishi, miembros de la Unidad de Nutrición Humana de la URV. El estudio se integra en un esfuerzo conjunto del consorcio PREDIMED-Plus para aclarar cómo se entrelazan alimentación, microbiota y salud cerebral a lo largo del envejecimiento.
El eje intestino-cerebro y el papel de la microbiota intestinal
La función cognitiva abarca procesos como la memoria, la atención, el aprendizaje, el lenguaje o la toma de decisiones, fundamentales para mantener la autonomía en la vida diaria. Por su parte, la microbiota intestinal está formada por billones de bacterias que viven en el intestino y participan en la digestión, la regulación del sistema inmunitario y la producción de sustancias bioactivas que pueden influir en diversos órganos.
En los últimos años, ha cobrado protagonismo el concepto de eje intestino-cerebro, un sistema de comunicación de doble sentido mediante el cual los microorganismos intestinales pueden producir compuestos que llegan al sistema nervioso central y modulan su funcionamiento. El nuevo estudio encaja en esta línea de trabajo y respalda la hipótesis de que la microbiota es una pieza clave en los beneficios cognitivos asociados a la dieta mediterránea.
Tal y como explica Jiaqi Ni, algunas bacterias intestinales más presentes en las personas que siguen con mayor fidelidad la dieta mediterránea podrían ejercer un efecto protector frente al deterioro cognitivo. En el grupo con mejor adherencia, las puntuaciones en las pruebas de memoria y otras capacidades mentales descendían a un ritmo más lento que en los participantes con peor calidad de dieta.
Los autores señalan que los metabolitos producidos por ciertas bacterias —como los ácidos grasos de cadena corta derivados de la fermentación de la fibra, o compuestos generados a partir de polifenoles presentes en frutas, verduras y aceite de oliva virgen extra— podrían ayudar a modular la inflamación, reforzar la barrera intestinal y regular distintos procesos metabólicos. Estos efectos, de forma indirecta, se relacionarían con un mejor estado del cerebro.
El estudio pone de manifiesto, además, que no basta con fijarse únicamente en lo que se come. La respuesta de la microbiota al patrón alimentario mediterráneo hace que dos personas con menús muy parecidos puedan presentar microbiotas muy distintas, y que estas diferencias se asocien también a trayectorias de envejecimiento cognitivo diferentes.
Una “huella microbiana” como posible biomarcador de protección cognitiva
Entre los hallazgos más novedosos del trabajo destaca la identificación de una “huella microbiana” específica de la dieta mediterránea. Este concepto alude a un perfil característico de bacterias intestinales —y de su abundancia relativa— que aparece con mayor frecuencia en quienes se adhieren de forma constante a este patrón alimentario.
Esta firma microbiana se plantea como un biomarcador potencial de protección frente al deterioro cognitivo. Su presencia se ha relacionado con una pérdida más lenta de capacidades como la memoria o la atención a lo largo de los seis años de seguimiento. Desde el punto de vista científico, esto supone un paso más allá de los cuestionarios dietéticos tradicionales, ya que permite verificar en el intestino cómo se refleja la dieta que declara seguir cada participante.
Para el catedrático Jordi Salas-Salvadó, identificar esta “huella microbiana” asociada a la dieta mediterránea abre nuevas oportunidades para diseñar intervenciones nutricionales y, en un futuro, estrategias microbianas específicas. Entre estas últimas se contempla la posibilidad de utilizar probióticos o enfoques dirigidos a favorecer el crecimiento de determinadas bacterias consideradas beneficiosas.
Las investigadoras Nancy Babio y Stephanie K. Nishi subrayan la relevancia de estos resultados en un escenario marcado por el envejecimiento poblacional y el aumento de la prevalencia de la demencia tanto en España como en otros países europeos. Desde su perspectiva, mejorar la calidad de la alimentación siguiendo el patrón mediterráneo es una medida relativamente sencilla y accesible que puede tener impacto real sobre la salud cerebral si se mantiene en el tiempo.
La referencia bibliográfica del trabajo —firmado, entre otros, por investigadores del consorcio PREDIMED-Plus y con el título “Mediterranean diet, gut microbiota, and cognitive decline in older adults with obesity/overweight and metabolic syndrome: a prospective cohort study”— lo describe como un estudio de cohorte prospectivo en población mayor con obesidad o sobrepeso y síndrome metabólico, centrado precisamente en esta interrelación entre dieta, microbiota intestinal y deterioro cognitivo.
Implicaciones para la salud pública en España y en Europa
España y otros países del entorno mediterráneo son considerados la cuna de este modelo alimentario, pero diversas investigaciones alertan de que la dieta mediterránea se está dejando de lado de forma progresiva, especialmente entre las generaciones jóvenes y en áreas urbanas. En personas mayores con sobrepeso, obesidad y síndrome metabólico, los datos de este trabajo sugieren un doble beneficio potencial: mejorar el perfil cardiometabólico y, al mismo tiempo, ayudar a preservar las capacidades cognitivas.
El síndrome metabólico se caracteriza por la combinación de varios factores de riesgo —como hipertensión, exceso de grasa abdominal, alteraciones de la glucosa y de los lípidos sanguíneos— que aumentan la probabilidad de sufrir enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. Los resultados de este estudio añaden una pieza más al puzle al apuntar que este conjunto de alteraciones podría vincularse también a un mayor riesgo de deterioro cognitivo, y que el patrón mediterráneo contribuiría a mitigar, al menos en parte, ese impacto.
En la práctica, las conclusiones encajan con las recomendaciones habituales de salud pública en Europa: incrementar el consumo de frutas, verduras y legumbres, elegir cereales integrales, utilizar aceite de oliva virgen como grasa principal, priorizar el pescado frente a las carnes rojas y reducir los productos ultraprocesados y los azúcares añadidos. Dentro de este marco, platos sencillos a base de pescado, verduras y aceite de oliva ilustran bien cómo puede traducirse la teoría en el día a día.
Lejos de ser una pauta rígida, la dieta mediterránea se perfila como un estilo alimentario flexible y adaptable a diferentes culturas europeas, siempre que se mantenga una base vegetal amplia, el uso predominante de aceite de oliva y una apuesta clara por alimentos frescos y mínimamente procesados. Esta versatilidad facilita su incorporación tanto en contextos domésticos como en comedores colectivos o restauración.
Los investigadores reconocen, no obstante, que aún queda camino por recorrer para precisar qué componentes concretos de la dieta mediterránea —como determinados tipos de fibra, los polifenoles del aceite de oliva virgen extra o del vino consumido con moderación, y las grasas insaturadas del pescado azul y los frutos secos— influyen con mayor intensidad en la microbiota y, a través de ella, en la salud del cerebro.
En un contexto en el que la esperanza de vida continúa aumentando y los casos de demencia crecen de forma sostenida, cuidar la alimentación desde la mediana edad y la vejez se perfila como una herramienta de prevención al alcance de gran parte de la población. Mantener o recuperar el estilo mediterráneo podría ayudar a muchas personas en España y en otros países europeos a llegar a edades avanzadas no solo con mejor salud cardiovascular y metabólica, sino también con más probabilidades de conservar su memoria, su capacidad de razonamiento y su independencia en la vida diaria.