La travesía a nado que unió las Islas Malvinas

  • El médico platense Leandro Hidalgo consiguió unir a nado Gran Malvina y la Isla Soledad cruzando el Estrecho de San Carlos.
  • El cruce se realizó en aguas de unos 7 grados, con olas de hasta dos metros y fuertes ráfagas de viento.
  • Formó parte de un grupo de nueve personas; solo él y Guillermo Sívori completaron la travesía.
  • El reto tuvo un fuerte sentido simbólico ligado a la memoria de la guerra de Malvinas y a la natación de aguas abiertas.

travesia a nado Islas Malvinas

En aguas heladas y cambiantes del Atlántico Sur, un médico y deportista de La Plata protagonizó una de esas gestas que marcan un antes y un después en la natación de aguas abiertas en territorio de las Islas Malvinas. Leandro Hidalgo consiguió unir a nado la isla Gran Malvina con la Isla Soledad, atravesando el Estrecho de San Carlos, un escenario cargado de historia por su papel en la guerra de 1982.

La travesía se completó el 25 de noviembre, tras varios días de espera a bordo de un pesquero para encontrar la llamada ventana climática. En poco más de una hora y media de esfuerzo continuo, Hidalgo se sumó al pequeño grupo de deportistas que han logrado este cruce, un logro que combina exigencia física extrema, planificación minuciosa y un fuerte componente simbólico.

Una hazaña en el Estrecho de San Carlos

nado en el estrecho de San Carlos

El objetivo de Hidalgo era claro: unir a nado las dos islas principales del archipiélago, Gran Malvina y Soledad, cruzando el Estrecho de San Carlos, uno de los puntos más emblemáticos de la zona por su relevancia histórica y geográfica. El recorrido previsto, en línea recta, era de unos 4.200 metros entre Punta Chancho y el promontorio Güemes, también conocido como Altura 234.

Sin embargo, las condiciones del mar obligaron a alargar el trayecto. La fuerte deriva lo desplazó hacia el norte y acabó completando alrededor de 4.900 metros de nado efectivo. El tiempo total del cruce fue de 1 hora y 33 minutos dentro de un agua gélida, con temperatura cercana a los 7 grados y un paisaje de olas que pasó en cuestión de minutos de la calma casi total a el mar muy agitado.

Hidalgo, de alrededor de 49 años, reconoce que aún le cuesta terminar de asimilar lo que hizo. La experiencia llegó después de un intento frustrado en 2024, cuando el mal tiempo impidió siquiera comenzar el reto. Esa espina clavada se transformó en motivación para volver al archipiélago un año más tarde y buscar la revancha en las mismas aguas donde el clima se había impuesto la primera vez, dejando claro que la paciencia y la perseverancia fueron tan importantes como la preparación física.

El Estrecho de San Carlos fue uno de los escenarios centrales del conflicto bélico de 1982. Para el nadador platense, atravesarlo a brazadas tenía un sentido que iba mucho más allá del reto deportivo: implicaba una conexión directa con la historia del lugar y con la memoria de quienes pasaron por allí en condiciones dramáticamente distintas, lo que añadió una fuerte carga emocional durante cada metro del recorrido.

El origen del desafío: de las maratones al nado en aguas frías

La idea de cruzar a nado el Estrecho de San Carlos no surgió de la nada. Hidalgo llevaba décadas vinculado al deporte: practicó natación de pequeño y, desde hace unos 30 años, se volcó a correr maratones. De hecho, durante más de una década viajó a las islas para participar en los 42 kilómetros de la Maratón de Malvinas, una carrera que se convirtió en una cita fija en su calendario.

En 2016 una lesión de rodilla lo obligó a frenar en seco las carreras de larga distancia. Ese paréntesis abrió la puerta a replantearse su relación con la actividad física. En ese momento apareció la posibilidad de afrontar el cruce a nado entre Gran Malvina y Soledad, un proyecto que mezclaba sus recuerdos como nadador, su pasión por la historia y el vínculo ya construido con el archipiélago gracias a las maratones en las islas.

Lo que comenzó como una idea tras una lesión acabó convirtiéndose en un plan de varios años, en el que fue afinando cada detalle: desde la elección del equipamiento hasta la adaptación progresiva al frío. Con el paso del tiempo, el desafío fue creciendo en su cabeza como un objetivo irrenunciable, un hito personal que le permitiera transformar una mala noticia deportiva en una oportunidad para explorar nuevos límites y mantenerse activo pese a los contratiempos físicos.

A todo ello se sumó su formación médica, que le permitió analizar riesgos, tiempos de exposición al frío y respuestas fisiológicas del cuerpo. Ese conocimiento no eliminó las dificultades, pero sí ayudó a encararlas con realismo, reduciendo la improvisación y apoyándose en datos y experiencia previa para tomar decisiones más seguras en el agua.

Un equipo de nueve personas y solo dos cruces completos

Hidalgo no se lanzó solo al mar. La expedición que viajó hasta las Islas Malvinas estuvo formada por un grupo de nueve integrantes con distintos roles. Seis eran nadadores: además del médico platense participaron Federico Knauer, Marcelo Vallejo (veterano de la guerra de Malvinas), Guillermo Sívori, Silvana Cyl Romero y Paz Oliva. Los otros tres miembros se encargaron de tareas de acompañamiento y logística: Martín Sívori, Esteban Martínez Pastur y Sebastián Rodríguez, este último con la función clave de guardavidas y rescatista.

El plan consistía en aprovechar la mejor ventana climática posible. Para ello, estuvieron alrededor de diez días alojados en un pesquero en la zona del Estrecho de San Carlos, siguiendo de cerca partes meteorológicos, movimientos de la marea y cambios en la dirección del viento. Cuando al amanecer del 25 de noviembre las previsiones indicaron unas condiciones aceptables, el grupo decidió que había llegado el momento de saltar al agua.

Durante los primeros minutos, el mar se mantuvo relativamente tranquilo, casi como una piscina natural. No obstante, pronto la situación dio un giro brusco: en apenas veinte minutos el escenario se transformó en un oleaje intenso, con olas de entre metro y medio y dos metros, acompañadas por ráfagas de viento de hasta 35 nudos, es decir, alrededor de 70 kilómetros por hora. Esta combinación exigió un esfuerzo extra de concentración y técnica para no desviarse demasiado de la ruta prevista.

De los seis nadadores que se metieron en el agua, solo dos lograron completar el cruce: el propio Hidalgo y el ingeniero Guillermo Sívori, procedente de Cariló. El resto del equipo no pudo terminar la travesía, pero su presencia resultó igualmente esencial, tanto en el acompañamiento en el mar como en la logística previa y posterior. En una prueba de este tipo, el éxito individual depende en gran medida del trabajo colectivo, especialmente en cuestiones de seguridad y apoyo.

El bote de apoyo funcionó como referencia constante durante toda la travesía. Desde allí, el capitán, el guardavidas y el resto de integrantes supervisaban la evolución de los nadadores, atentos a cualquier signo de hipotermia, desorientación o fatiga excesiva, factores que en aguas tan frías pueden aparecer de forma repentina y comprometer seriamente la integridad física.

Condiciones extremas: frío, olas y fauna marina

Más allá de la distancia, lo que convierte este cruce en un reto mayúsculo son las condiciones ambientales del Estrecho de San Carlos. La temperatura del agua, en torno a los 7 grados, obliga a limitar el tiempo de exposición y a contar con una tolerancia al frío muy trabajada. Aunque el recorrido no supera los cinco kilómetros, la sensación térmica en esas aguas heladas multiplica la dificultad del esfuerzo.

El día de la travesía, el clima jugó su propia partida. Tras un inicio relativamente sereno, el mar se volvió bravo y comenzó a levantar olas considerables. Las ráfagas de viento, que rondaron los 35 nudos, añadieron un factor extra de inestabilidad, empujando el agua y generando un entorno en el que cada brazada exigía un plus de energía. La deriva, además, lo fue desplazando hacia el norte y obligó a nadar más metros de los previstos inicialmente, ajustando sobre la marcha la trayectoria.

A este panorama se sumó la presencia de fauna marina característica de la zona: orcas, delfines, pingüinos y numerosas aves sobrevolando la superficie. Aunque el equipo contaba con información previa sobre la actividad de estos animales, no dejaba de ser un elemento a tener en cuenta durante el cruce, tanto por seguridad como por la necesidad de mantener la concentración pese al entorno cambiante.

La combinación de agua fría, oleaje, viento y vida marina convierte al Estrecho de San Carlos en un escenario muy particular para la natación de aguas abiertas. No se trata solo de nadar en línea recta; cada tramo exige adaptarse al ritmo del mar, regular la respiración en función de las olas y decidir en segundos si conviene modificar ligeramente la dirección para evitar corrientes cruzadas o zonas más agitadas.

En el caso de Hidalgo, esas decisiones estuvieron marcadas por su experiencia previa en aguas abiertas y por las indicaciones que recibía desde el bote. Aun así, el factor imprevisible del clima estuvo presente desde el primer momento, recordando que, en este tipo de travesías, la naturaleza siempre tiene la última palabra y el margen para el error es muy reducido.

Una preparación meticulosa entre La Plata, Berisso y la costa atlántica

Para enfrentarse a un cruce de estas características, Hidalgo diseñó un plan de preparación largo y constante. Médico clínico de profesión, combina su actividad en el Instituto Médico Platense con la dirección de su propio centro de salud, Minuto Fueguino. Esa doble faceta, entre la medicina y el deporte, le permitió organizar un entrenamiento donde el cuidado de la salud y el rendimiento iban de la mano.

Buena parte de su puesta a punto se llevó a cabo en la pileta del Club Hogar de Berisso, donde trabajó junto a su entrenador en la técnica de nado, la resistencia y la adaptación al esfuerzo prolongado. Sesiones repetidas semana tras semana le permitieron pulir detalles de brazada, ritmo y respiración, aspectos clave cuando la temperatura y las olas añaden tanta presión.

Paralelamente, dedicó muchos fines de semana y escapadas rápidas a entrenar en el mar. A lo largo del año realizó prácticas en diferentes puntos de la costa atlántica bonaerense, como Cariló, Valeria del Mar, Pinamar y Mar del Plata. En algunos casos, incluso viajó y volvió en el mismo día solo para realizar una sesión de nado en aguas abiertas, sabiendo que no es lo mismo entrenar en una piscina climatizada que enfrentarse al oleaje y al viento del océano.

Uno de los aspectos más particulares de su preparación fue el trabajo específico de adaptación al frío. En invierno, se lanzaba a la pequeña pileta de su casa durante unos minutos para ir acostumbrando el cuerpo a temperaturas más bajas. Según explicaba, la tolerancia al frío también se entrena, y esos ejercicios breves, pero repetidos en el tiempo, contribuyeron a que su organismo se fuera habituando a sensaciones que, de otro modo, podrían resultar insoportables en pleno cruce.

La combinación de entrenamientos estructurados en piscina, sesiones en el mar y ejercicios de climatización generó una base sólida para afrontar la travesía. Esa preparación física se completó con un componente mental importante: mantener la motivación durante meses, gestionar la incertidumbre ligada al clima de las islas y aceptar que, pese a todo el trabajo previo, un simple cambio de viento podía obligar a suspender el intento hasta nuevo aviso.

Un reto deportivo con fuerte carga histórica y simbólica

Más allá del esfuerzo físico y del logro deportivo, el cruce de Hidalgo tuvo un trasfondo muy marcado por la historia de las Islas Malvinas. El Estrecho de San Carlos fue uno de los puntos clave del conflicto de 1982, por donde entró la flota británica durante la guerra. Para el médico platense, atravesar esas aguas supuso también un gesto de memoria y homenaje a quienes combatieron y a quienes perdieron la vida en aquel episodio.

Su vínculo con el archipiélago no se limita a este cruce. Durante más de una década viajó regularmente para correr la Maratón de Malvinas, participando en los 42 kilómetros que se disputan allí. Esos viajes fueron consolidando un lazo emocional con el territorio, su gente y su historia, que se vio reforzado con la lectura de testimonios y libros sobre el conflicto bélico y su impacto en la sociedad argentina.

En sus propias palabras, esta travesía era una forma de mantener viva la memoria de quienes dieron la vida en la guerra y de quienes regresaron con secuelas físicas y emocionales. Al mismo tiempo, el hecho de unir a nado las dos grandes islas del archipiélago añade un componente simbólico de integración territorial, con un mensaje que trasciende el mero dato deportivo de los metros recorridos o el tiempo empleado.

Este tipo de gestas también tiene un impacto en la natación de aguas abiertas, especialmente en el ámbito argentino. Logros como el de Hidalgo ayudan a visibilizar una disciplina que gana cada vez más adeptos, pero que todavía enfrenta retos en términos de infraestructura, apoyo institucional y difusión. El cruce del Estrecho de San Carlos se suma así a otras pruebas icónicas que inspiran a nadadores en Europa y América Latina a plantearse objetivos en entornos naturales exigentes.

Se calcula que, hasta ahora, solo una treintena de personas en el mundo han conseguido completar esta travesía entre Gran Malvina y Soledad. Formar parte de ese grupo reducido posiciona a Hidalgo en un lugar destacado dentro de la especialidad y refuerza la idea de que el deporte puede servir también como vehículo para recordar, reflexionar y generar nuevos lazos con territorios marcados por conflictos del pasado.

Emoción, familia y futuro después del cruce

Al salir del agua, el médico platense tardó unos minutos en tomar verdadera conciencia de lo que acababa de lograr. Durante el cruce, confesó que buena parte de sus pensamientos estaban dirigidos a sus hijos, Juan Martín y Francisca, que siguieron de cerca la preparación y el desarrollo de la travesía. Esa conexión familiar funcionó como un motor extra cuando el cansancio y el frío apretaban más.

Poco después de pisar tierra firme, la emoción terminó por desbordarlo. Pasado el impacto inicial, comenzaron a llegar los mensajes, las llamadas y las muestras de apoyo desde La Plata y otros puntos del país, que veían en su gesta un motivo de orgullo y un ejemplo de superación. Para él, fue también la confirmación de que aquellos años de entrenamiento, sacrificios y ajustes de agenda profesional habían tenido sentido.

Aunque el cruce era el objetivo central del viaje, la experiencia no se agota en esa hora y media dentro del agua. Los días previos a bordo del pesquero, las charlas con los otros nadadores, la planificación con el capitán y el guardavidas, y los momentos de calma tensa esperando la ventana climática ideal forman parte de una vivencia que, en su conjunto, dejaron una huella profunda en todo el grupo.

De cara al futuro, la travesía abre la puerta a nuevos desafíos personales y colectivos. El hecho de haber completado el cruce no significa, necesariamente, buscar inmediatamente un reto más duro, pero sí refuerza la idea de que, con una preparación adecuada y un equipo comprometido, es posible afrontar proyectos deportivos en escenarios que hace unos años parecían reservados a unos pocos especialistas.

Hoy, la historia de Leandro Hidalgo se suma a la lista de relatos que vinculan deporte, memoria y territorio. Su brazada entre Gran Malvina y Soledad no solo fue un triunfo personal, sino también un gesto que reaviva el interés por las Islas Malvinas y por todo lo que representan, demostrando que el mar, incluso en sus momentos más hostiles, puede ser también un espacio para construir nuevos significados y recordar viejas historias.