Ultraprocesados fuera de los menús infantiles en los hospitales

  • El Gobierno prepara un real decreto para retirar ultraprocesados de los menús infantiles en hospitales y residencias.
  • La medida afectará tanto a la comida servida en planta como a las ofertas infantiles de cafeterías y comedores.
  • Se fijarán criterios estrictos de calidad nutricional y sostenibilidad, inspirados en la regulación de comedores escolares.
  • El objetivo es frenar la obesidad infantil y reducir el impacto de los ultraprocesados en la salud pública.

platos saludables sin ultraprocesados en hospitales

Ni galletas, ni bollería industrial, ni snacks salados ni bebidas azucaradas como oferta habitual en las bandejas de los más pequeños. El Gobierno ha decidido dar un paso más en su estrategia contra la mala alimentación y ha anunciado que los ultraprocesados desaparecerán de los menús infantiles de los hospitales y de las ofertas dirigidas a menores en cafeterías y comedores de estos centros.

La medida, que se articulará mediante un real decreto sobre alimentación saludable en hospitales y residencias, centrará el tiro en los niños, niñas y adolescentes ingresados, pero también en los menús infantiles abiertos al público. Las autoridades insisten en que no se trata de demonizar productos concretos, sino de fijar límites estrictos a los nutrientes críticos (grasas saturadas, azúcares y sal) para reducir la presencia de alimentos de baja calidad nutricional en un entorno que, por lógica, debería ser ejemplar en materia de salud.

alimentos ultraprocesados
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Qué cambia en los menús infantiles de hospitales y residencias

hospital sin ultraprocesados en menús infantiles

El nuevo real decreto, que aún está en fase de elaboración, marcará un antes y un después en la forma en que se alimenta a los menores en los centros sanitarios. El texto prevé que los alimentos ultraprocesados de formulación industrial compleja queden fuera de los menús para niños y adolescentes ingresados, tanto en las habitaciones como en los comedores internos.

Quedarán afectados aquellos productos con ingredientes muy transformados, aditivos y perfiles nutricionales pobres, es decir, con altos niveles de grasas saturadas, azúcares o sal. Para orientar la elección de alternativas, existen recursos sobre cómo elegir alimentos sin aditivos que pueden ayudar en la reformulación y compra de opciones más saludables.

Quedarán afectados aquellos productos con ingredientes muy transformados, aditivos y perfiles nutricionales pobres, es decir, con altos niveles de grasas saturadas, azúcares o sal. En la práctica, esto supondrá la retirada de buena parte de los snacks salados, bollería industrial, refrescos azucarados o galletas industriales que todavía aparecen en bandejas y cartas infantiles.

La restricción no se limitará a la comida que llega a planta. También se aplicará a las secciones de menús infantiles en cafeterías y comedores abiertos al público que están dentro de hospitales y residencias de mayores. La idea es evitar la “incoherencia”, en palabras del Gobierno, de que un espacio dedicado a curar la enfermedad ofrezca con normalidad productos que se asocian a un mayor riesgo de patologías graves.

Fuentes del Ministerio matizan que no habrá listas de alimentos «prohibidos» por marca o categoría, sino límites muy claros sobre los nutrientes que no deben superar esos productos. En teoría, las versiones reformuladas, con mejor perfil nutricional, podrían seguir ofreciéndose si cumplen los criterios. De este modo, se busca empujar a la industria a desarrollar alternativas más saludables.

El alcance de la regulación será doble: por un lado, los niños y adolescentes hospitalizados; por otro, las residencias de personas mayores, donde se quiere asegurar también que los menús se acerquen lo máximo posible a patrones de alimentación saludable, con más presencia de legumbres, verduras y pescado y menos presencia de productos muy transformados.

Un paso más tras los comedores escolares saludables

políticas para reducir ultraprocesados infantiles

La futura norma no nace de cero. Se apoya en la experiencia reciente del Real Decreto de Comedores Escolares Saludables y Sostenibles, aprobado en abril y que ya ha cambiado la alimentación en colegios e institutos. Aquella regulación obligó a que las comidas escolares siguieran las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), limitando los platos precocinados como rebozados, croquetas o pizzas a una vez al mes y vetando la bollería industrial y las bebidas azucaradas en cafeterías y máquinas expendedoras.

El nuevo real decreto de hospitales y residencias «seguirá la estela» de ese marco escolar, pero adaptado al ámbito sanitario. El objetivo es fijar criterios mínimos de calidad nutricional y de sostenibilidad que sirvan de referencia para la contratación, compra y oferta de alimentos en todos estos centros. Es decir, unas reglas de juego comunes que orienten los pliegos de catering, los menús cerrados y las opciones de cafetería.

En la práctica, esto se traducirá en menús infantiles con más presencia de legumbres, verduras frescas, fruta, cereales integrales y pescado y menos dependencia de productos precocinados y de larga duración industrial; la guía de recetas sin ultraprocesados ofrece ideas prácticas para esa transición.

La medida llega, además, respaldada por un amplio consenso científico y social. Asociaciones profesionales, organizaciones de pacientes, entidades de salud pública y colectivos ciudadanos llevaban años denunciando la abundancia de ultraprocesados en máquinas y cafeterías de centros sanitarios y reclamando normas que pusieran orden en ese entorno tan sensible.

Obesidad infantil y ultraprocesados: el contexto sanitario en España

El anuncio del real decreto se hizo en el marco del Plan de aceleración para detener la obesidad, una iniciativa impulsada conjuntamente por el Ministerio de Sanidad y la OMS. España ha sido elegida como uno de los 34 países de referencia en la lucha contra la obesidad infantil, un problema que la ministra de Sanidad, Mónica García, califica como “uno de los principales retos de la salud pública global”.

Los datos respaldan la preocupación. Según la OMS y la Encuesta de Salud de España, el país se sitúa entre los Estados europeos con mayores tasas de sobrepeso y obesidad infantil. A nivel global, en el grupo de 5 a 19 años, aproximadamente un 20 % de los menores presenta exceso de peso, y España se alinea con los países mediterráneos que peores cifras registran.

La ministra subraya que la obesidad es solo “la punta del iceberg”: por debajo están los determinantes sociales de la salud, como el acceso desigual a alimentos saludables, la precariedad económica o la falta de espacios adecuados para la actividad física. De ahí que se insista en que las políticas públicas deben ir más allá de las recomendaciones individuales y transformar el entorno alimentario en el que se mueven los menores.

En este contexto se enmarca el Plan Estratégico Nacional para la Reducción de la Obesidad Infantil (PENROI), un programa que implica a 18 ministerios y contempla más de 200 medidas para abordar el problema desde múltiples frentes: educación, fiscalidad, urbanismo, publicidad y, por supuesto, la alimentación en escuelas y centros sanitarios.

Los datos más recientes del estudio ALADINO apuntan a una ligera mejora: se ha observado una reducción de unos 4,5 puntos porcentuales en la prevalencia de exceso de peso en la población infantil. No obstante, el propio Gobierno reconoce que la brecha socioeconómica sigue siendo muy marcada: entre las familias con ingresos inferiores a 18.000 euros brutos al año, el exceso de peso en niños roza el 48 %, mientras que en hogares con más de 30.000 euros se sitúa en torno al 29 %.

El papel de los ultraprocesados en la dieta española

La decisión de actuar sobre los menús hospitalarios no se entiende sin mirar qué ha pasado con los ultraprocesados en la dieta española. Un amplio análisis publicado en la revista The Lancet, que recopila más de un centenar de estudios internacionales, concluye que en España la ingesta de estos productos se ha triplicado en dos décadas: han pasado de representar en torno al 11 % de las calorías adquiridas por los hogares a rondar el 32 %.

Este incremento es más acusado que en otros países de nuestro entorno, como Italia o Portugal, donde el peso de los ultraprocesados no llega al 25 %. A finales de los años ochenta, España estaba cerca de países como Corea del Sur, con una presencia muy moderada de estos productos; hoy se sitúa en una zona media-alta, por encima de países como Argentina, México o Brasil en términos de porcentaje de calorías que proceden de alimentos muy transformados.

El trabajo de The Lancet y los informes de la OMS y Unicef describen cómo los ultraprocesados han ido desplazando a los alimentos frescos y mínimamente procesados, incluida la tradicional dieta mediterránea. El motor de este cambio, según los expertos, es principalmente económico: la industria convierte materias primas baratas como maíz, trigo, soja u aceite de palma en productos visualmente atractivos, sabrosos y de larga duración, que resultan muy rentables comercialmente.

Sin embargo, desde el punto de vista sanitario, el balance es mucho menos positivo. La ingesta habitual de ultraprocesados se ha asociado con un mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, dislipidemia, enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, enfermedad renal crónica, enfermedad de Crohn, depresión e incluso mortalidad por todas las causas. Los autores del macroanálisis hablan abiertamente de una “amenaza creciente” para la salud pública.

Los expertos citados en estos trabajos reclaman a los gobiernos medidas estructurales: limitar su presencia en escuelas y hospitales, mejorar el etiquetado —incluso con advertencias similares a las del tabaco—, restringir la publicidad dirigida a menores y aplicar impuestos específicos cuya recaudación se destine a abaratar frutas, verduras y otros alimentos saludables para las familias con menos recursos.

Qué se considera alimento ultraprocesado y qué se va a limitar

Bajo el paraguas de “alimentos ultraprocesados” cabe una gran variedad de productos, desde nuggets, bollería industrial o refrescos azucarados hasta ciertos yogures azucarados, cereales de desayuno o galletas aparentemente inocentes. La característica común es que se trata de preparaciones industriales complejas, con numerosos ingredientes, a menudo poco reconocibles para el consumidor medio.

El Ministerio aclara que el foco del real decreto estará en aquellos productos con formulación industrial compleja, ingredientes transformados y aditivos, cuyo perfil nutricional destaque por un contenido elevado de grasas saturadas, azúcares libres o sal. Es decir, no se va a perseguir cualquier alimento procesado, sino aquellos que cumplan varios criterios de mala calidad nutricional.

Esto no significa que desaparezca toda galleta, zumo o producto comercial de las bandejas hospitalarias. La idea es fijar umbrales cuantitativos de nutrientes que obliguen a reformular o sustituir aquellos artículos que los superen. Así, podrían mantenerse versiones con menos azúcar, menos sal o más fibra, siempre que se ajusten a los límites establecidos.

Este enfoque se plantea también como un incentivo para la industria alimentaria: si quiere seguir presente en contratos públicos de hospitales, residencias o colegios, tendrá que adaptar su oferta a unos estándares más exigentes. De hecho, en otros países europeos donde se han adoptado medidas similares se ha observado una reformulación progresiva de muchos productos infantiles.

El Gobierno insiste en que se respetará la autonomía del paciente y de las familias: quien desee consumir este tipo de productos por su cuenta seguirá pudiendo hacerlo. Lo que cambia es que el propio sistema sanitario no los ofrecerá de forma sistemática en los menús diseñados desde la institución, especialmente cuando se trata de población vulnerable como los menores.

Salud pública, justicia social y transición a entornos saludables

Los responsables de Derechos Sociales y Sanidad defienden que la retirada de ultraprocesados de los menús infantiles no es una ocurrencia aislada, sino un paso más en una estrategia amplia de salud pública y justicia social. Pablo Bustinduy ha calificado el consumo creciente de estos productos como “una amenaza sistemática para la salud pública, la equidad y la sostenibilidad ambiental”.

Uno de los aspectos en los que más se insiste es en el componente social de la obesidad. Las cifras muestran que los niños de familias con menos recursos están mucho más expuestos a entornos alimentarios poco saludables, donde abundan los productos baratos y muy procesados y es más difícil acceder a alimentos frescos de calidad. Así, el lugar y el contexto económico en el que se nace condicionan fuertemente las oportunidades de salud a lo largo de la vida.

Para el Gobierno y la OMS, los poderes públicos tienen la responsabilidad de crear entornos en los que lo lógico, lo fácil y lo asequible sea elegir opciones saludables. De ahí que se actúe sobre comedores escolares, menús hospitalarios, residencias de mayores y otros espacios colectivos, considerados ámbitos prioritarios en las recomendaciones internacionales para reducir la exposición a ultraprocesados.

En los debates científicos recientes se llega incluso a comparar las estrategias de la gran industria alimentaria con las que utilizó en su día la industria del tabaco: marketing agresivo, presión regulatoria y campañas para sembrar dudas sobre la evidencia científica. Entre las compañías señaladas como grandes dominadoras del mercado global de ultraprocesados se mencionan, en los análisis académicos, nombres como Nestlé, PepsiCo, Danone, Ferrero, Kraft Heinz o Coca-Cola.

En este escenario, las políticas que limitan la presencia de estos productos en espacios tan simbólicos como los hospitales se interpretan como un mensaje político y sanitario: el sistema de salud no puede ser neutral ante unos alimentos cuya expansión se asocia con un amplio catálogo de enfermedades prevenibles.

Con la nueva norma en marcha, la estrategia del Gobierno encadena ya varios hitos: regulación de comedores escolares, impulso de un plan nacional contra la obesidad infantil y, ahora, retirada de ultraprocesados de los menús infantiles en hospitales y residencias. Todavía quedan por concretar los detalles técnicos del decreto, pero la dirección está clara: reducir el peso de los ultraprocesados en la dieta de los menores y acercar los menús de los centros públicos a lo que recomiendan, desde hace años, la comunidad científica y los organismos internacionales.