En paralelo al boom clínico y mediático, Europa y España se mueven en dos planos distintos pero conectados. Por un lado, se estudia cómo la semaglutida influye en la cesta de la compra y en los hábitos alimentarios de los pacientes. Por otro, el sector se prepara para un escenario con genéricos de Ozempic, con laboratorios como la catalana Galenicum posicionándose para disputar mercado a Novo Nordisk en cuanto las patentes empiecen a caducar en algunos países clave.
Ozempic y la cesta de la compra: menos ultraprocesados, más proteína
Uno de los trabajos que más está dando que hablar procede de Dinamarca y se ha publicado en la revista JAMA Network Open. En lugar de fijarse solo en el peso o en las analíticas, el equipo liderado por la investigadora Kathrine Kold Sørensen decidió mirar algo mucho más cotidiano: casi dos millones de tiques de compra de supermercado pertenecientes a más de 1.100 personas, dentro de la cohorte SMIL (Salud, Alimentación, Compras y Estilo de Vida).
Entre los participantes se identificó a quienes empezaban tratamiento con agonistas del receptor GLP-1 como Ozempic o Wegovy y se comparó su patrón de compra con el de personas similares que no iniciaban estos fármacos, emparejadas por sexo, edad e ingresos económicos. Los recibos, recopilados mediante una aplicación móvil y que cubrían alrededor del 70 % del mercado danés, permitieron seguir las compras incluso desde 2018.
Tras la primera prescripción, los nuevos usuarios de GLP-1 pasaron a llenar el carro con productos de menor densidad energética: menos calorías totales, menos azúcares, menos grasas saturadas y menos carbohidratos, con un aumento modesto de las proteínas. Al mismo tiempo, cayó la proporción de alimentos ultraprocesados considerados insanos y se desplazó el gasto hacia productos sin procesar o mínimamente procesados.
Los autores del trabajo recalcan que estos cambios son modestos a nivel individual, pero con el uso creciente de fármacos como Ozempic pueden llegar a tener un impacto apreciable a nivel poblacional. Es decir, cada usuario ajusta poco su compra, pero si son millones, el efecto acumulado sobre la salud pública y sobre el mercado alimentario puede ser muy relevante.
Otro análisis en población estadounidense apunta en la misma dirección. Allí se ha observado que entre las personas que utilizan fármacos tipo Ozempic el gasto en fruta y verdura aumenta en torno a un 46 %, mientras que el consumo de alimentos procesados y snacks calóricos se reduce de forma notable, con caídas cercanas al 10 % en patatas fritas, dulces, galletas o bollería y descensos similares en productos de panadería, pan y otros básicos muy calóricos.
Qué dicen los expertos sobre hábitos y riesgo de rebote
Las conclusiones del estudio danés hay que tomarlas con cautela. Es un estudio observacional, con limitaciones importantes. La muestra de 1.177 participantes es relativamente reducida, falta información clave como el índice de masa corporal y, además, puede haber un sesgo de autoselección: quienes se ofrecen a enviar sus recibos probablemente tengan más interés previo por la salud o la alimentación.
Endocrinólogos consultados por SMC España, como Joana Nicolau (Hospital Universitario Son Llàtzer, en Baleares) y Cristóbal Morales (Unidad de Salud Metabólica, Diabetes y Obesidad del Hospital Vithas Sevilla), valoran el enfoque novedoso de mirar la compra real en lugar de las encuestas, pero recuerdan que no se puede establecer una causalidad directa. Parte de los cambios podrían explicarse, subrayan, por el asesoramiento nutricional que suele acompañar a la prescripción de Ozempic o por la mayor motivación de los pacientes al iniciar tratamiento para perder peso.
Morales apunta incluso que los GLP-1 podrían funcionar casi como una “vacuna frente a los ultraprocesados”, siempre que se utilicen bien: son facilitadores de un estilo de vida saludable, no una solución mágica. En su opinión, estos tratamientos marcan “el inicio de la solución” a la obesidad, pero solo cuando se integran en un plan a largo plazo donde se cuidan la alimentación, la actividad física y el seguimiento médico.
Nicolau destaca que el trabajo danés encaja con la evidencia previa de que los GLP-1 modulan circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, el control de impulsos y la respuesta placentera a la comida. Dicho de manera sencilla, estos medicamentos no solo hacen que tengamos menos hambre, sino que rebajan el atractivo de los productos muy azucarados y grasos y favorecen que la persona se incline hacia alimentos más sencillos y nutritivos.
Desde la farmacología, voces como la de Josefa García Barrado, de la Universidad de Salamanca, recuerdan que ningún inyectable sustituye a la terapia conductual. La eficacia de Ozempic a largo plazo depende en buena medida de cómo se consolidan los hábitos y de la adherencia al tratamiento. De hecho, otros estudios han avisado del riesgo de efecto rebote en el peso y en el patrón de consumo cuando se abandona el fármaco sin haber modificado el estilo de vida: una vez que el apetito vuelve, si los hábitos siguen siendo los mismos de antes, lo habitual es recuperar parte o todo el peso perdido.
Impacto en hombres activos y masa muscular: no todo es perder kilos
En el entorno del deporte y el fitness se está produciendo un fenómeno paralelo: la llegada de Ozempic y similares al discurso sobre el rendimiento físico y la estética. Nombres como Wegovy, Mounjaro o Zepbound se han colado en conversaciones de gimnasio como si fueran herramientas para “definir” rápido o mejorar el físico sin esfuerzo, algo que los especialistas consideran especialmente problemático.
La psiconutricionista Sonia Lucena recuerda que el GLP-1 es una hormona que el cuerpo produce de forma natural para señalar que estamos comiendo, ralentizar el vaciado del estómago y generar saciedad. Los medicamentos de esta familia amplifican ese sistema y lo mantienen mucho más tiempo activado. El resultado es una supresión muy potente del apetito y una reducción marcada de la ingesta de energía, a menudo sin que la persona tenga plena conciencia de cuánto ha dejado de comer.
Este escenario puede traducirse en una pérdida significativa de masa muscular cuando el uso de Ozempic se combina con una ingesta insuficiente de proteínas y calorías y con entrenamientos de fuerza mal planificados. Mantener músculo es “caro” desde el punto de vista metabólico, y cuando el organismo percibe que la energía es escasa tiende a ahorrar, recorta gastos y empieza a degradar tejidos que considera prescindibles, entre ellos músculo esquelético.
Los estudios clínicos con Ozempic y otros agonistas GLP-1 señalan que una parte de la pérdida de peso corresponde a masa magra, no solo a grasa. Esto significa que, sobre todo en hombres activos que entrenan y no están en situación de obesidad clínica, el medicamento puede debilitar fuerza y rendimiento al mismo tiempo que la báscula baja, un efecto que se vuelve muy evidente en forma de menor carga en el gimnasio, peor recuperación y sensación de fatiga constante.
A este desgaste se suman otros efectos secundarios bien descritos: náuseas, vómitos persistentes, molestias digestivas por el lento vaciado gástrico, deshidratación con posible impacto en la función renal y alteraciones en páncreas o vesícula. Además, al “apagar” en cierta medida la sensación de hambre, muchas personas pierden la capacidad de leer las señales internas de su cuerpo, lo que complica todavía más ajustar la dieta para entrenar, recuperarse y mantener la masa muscular.
Por todo ello, los expertos insisten en que el uso óptimo de Ozempic y fármacos análogos se limita a personas con obesidad o diabetes tipo 2, con riesgo cardiovascular u otras patologías asociadas, siempre dentro de un plan supervisado y con acompañamiento nutricional y de ejercicio. En hombres normopeso o solo ligeramente pasados de peso que buscan afinar su físico, el balance de riesgos y beneficios tiende a inclinarse claramente hacia el lado negativo.
Un mercado en plena ebullición: el papel de Europa y de los genéricos
Mientras se ajustan las recomendaciones clínicas, la industria farmacéutica se mueve para posicionarse en el mercado de la semaglutida. El éxito de Ozempic y Wegovy ha llevado a Novo Nordisk a situarse entre las mayores compañías europeas por capitalización bursátil, pero ese liderazgo se enfrenta a un cambio de ciclo conforme empiezan a vencer las patentes de la molécula en distintos países.
En mercados como Canadá, Brasil, Turquía, India o China, los derechos de Novo Nordisk sobre la semaglutida expiran a partir de 2026, mientras que en Europa y Estados Unidos la protección se prolonga previsiblemente hasta la próxima década, con fechas que se sitúan entre 2028 y 2032 según la región y la indicación. Este calendario está abriendo espacio a los fabricantes de genéricos y biosimilares, que quieren entrar en un segmento valorado ya en más de 40.000 millones de dólares y con previsiones de crecimiento muy elevadas.
Una de las operaciones más relevantes en clave española es la alianza entre la farmacéutica catalana Galenicum, principal fabricante de paracetamol en España, y la india Lupin. Ambas compañías han llegado a un acuerdo de licencia y suministro para desarrollar, producir y distribuir una versión genérica de la semaglutida que se comercializará en 23 países, con especial foco en Canadá, Europa, el Sudeste Asiático y Latinoamérica.
Según los términos del acuerdo, Galenicum asume el desarrollo tecnológico, la fabricación y el suministro del medicamento, mientras que Lupin se encargará de las solicitudes regulatorias, las aprobaciones y la comercialización en los distintos territorios. El objetivo declarado de la firma catalana es convertirse en referente B2B en GLP-1, aprovechando el tirón de una familia terapéutica que no solo se utiliza para la diabetes tipo 2, sino también para el control crónico del peso en personas con obesidad o sobrepeso con comorbilidades.
Los analistas estiman que el mercado de la semaglutida podría pasar de unos 64.000 millones de dólares a mediados de la década a más de 170.000 millones en torno a 2033, con tasas de crecimiento anual por encima del 10 %. En este contexto, la entrada de genéricos se espera que contribuya a abaratar significativamente el coste de los tratamientos. Algunas proyecciones hablan de descensos de precio que podrían alcanzar hasta el 80 % en determinados países, un aspecto particularmente sensible en Europa, donde el acceso y la sostenibilidad de los sistemas sanitarios son cuestiones centrales.
Además de Galenicum y Lupin, otras farmacéuticas internacionales ya han anunciado planes para lanzar sus propias versiones en los mercados donde la patente venza antes, y se multiplican los desarrollos de formularios orales que compitan con las actuales presentaciones inyectables. Todo ello apunta a que, más allá de la discusión clínica, el “efecto Ozempic” va a redefinir también el mapa competitivo del sector farmacéutico europeo en los próximos años.
El auge de Ozempic y de la semaglutida en general está dejando claro que no se trata solo de una moda pasajera ni de un simple fármaco adelgazante: estos tratamientos están influyendo en la manera en que los pacientes compran y comen, obligan a replantear la relación entre medicamentos y cambios de conducta y, al mismo tiempo, han abierto un frente económico y regulatorio de primer orden en Europa y en el resto del mundo. El reto, a partir de ahora, será aprovechar su potencial para reducir la obesidad y la diabetes sin perder de vista que el pilar sigue siendo un estilo de vida saludable y que el acceso debe ser equitativo y sostenible a medida que el mercado se llena de nuevas marcas y versiones genéricas.