Durante años, los edulcorantes bajos en calorías se han vendido como una alternativa saludable al azúcar, pero dos investigaciones recientes vuelven a ponerlos en el punto de mira. Un equipo de la Universidad de Cambridge ha demostrado que estos aditivos pueden alterar directamente el crecimiento de las bacterias intestinales, mientras que un estudio de la Academia Estadounidense de Neurología vincula su consumo elevado con un deterioro cognitivo más acelerado. Ambos trabajos, publicados en revistas científicas de prestigio, subrayan que los edulcorantes no son compuestos metabólicamente neutros y que sus efectos pueden verse modificados por otros ingredientes o medicamentos.
La comunidad científica lleva años debatiendo sobre la seguridad de estos productos, que aparecen en refrescos, yogures, bollería, chicles y hasta en medicamentos. Ahora, los nuevos datos aportan evidencias que obligan a replantear su uso generalizado, sobre todo cuando se consumen de forma habitual y en combinación con otras sustancias.
El impacto en la microbiota intestinal
El estudio de Cambridge, publicado en Molecular Systems Biology, analizó 39 edulcorantes comerciales —tanto naturales como artificiales— y los expuso a 25 especies de bacterias intestinales cultivadas en laboratorio. Los resultados mostraron que aproximadamente tres cuartas partes de los edulcorantes afectaron el crecimiento de al menos una especie bacteriana. Varios de ellos redujeron o detuvieron por completo el desarrollo de bacterias consideradas beneficiosas para la digestión y el sistema inmunológico, afectando las claves para cuidar la microbiota intestinal.
Lo más llamativo del trabajo es que los investigadores no se limitaron a probar los edulcorantes por separado. También los combinaron con cafeína, saborizantes como la vainillina y ocho medicamentos de uso común, entre ellos el antidepresivo duloxetina. En total, detectaron más de un centenar de interacciones, de las cuales 34 intensificaron el efecto negativo sobre las bacterias y 68 lo atenuaron. La combinación más preocupante fue la de isosteviol (un edulcorante derivado de la estevia) con duloxetina, que suprimió de forma drástica dos especies clave: Roseburia intestinalis y Parabacteroides merdae, ambas relacionadas con la regulación de la glucosa y la salud digestiva.
La doctora Sonja Blasche, autora principal del estudio, explicó que “los edulcorantes suelen comercializarse como metabólicamente neutros, pero nuestro estudio cuestiona esta idea. Descubrimos que pueden afectar directamente a las bacterias intestinales, sobre todo cuando se mezclan con otros compuestos como medicamentos y aditivos alimentarios”. Los investigadores subrayan que estos experimentos se realizaron en condiciones de laboratorio y que hacen falta más estudios en humanos para confirmar el alcance real de los efectos.
Relación con el deterioro cognitivo
Paralelamente, un equipo de la Universidad de São Paulo, en colaboración con la Academia Estadounidense de Neurología, siguió durante años a casi 13.000 adultos para evaluar el consumo de siete edulcorantes: aspartamo, sacarina, acesulfamo K, eritritol, xilitol, sorbitol y tagatosa. Los participantes realizaron pruebas cognitivas en tres momentos distintos, y los resultados mostraron que quienes consumían mayores cantidades de estos edulcorantes experimentaron un deterioro cognitivo un 62% más rápido que aquellos con una ingesta baja. Incluso los consumidores moderados vieron un empeoramiento del 35%.
La doctora Claudia Kimie Suemoto, autora principal del estudio, señaló que “los edulcorantes bajos en calorías suelen considerarse una alternativa saludable al azúcar, pero nuestros hallazgos sugieren que algunos de ellos pueden tener efectos negativos en la salud cerebral con el tiempo”. La asociación fue especialmente evidente en personas con diabetes, que tienden a usar más estos productos. No obstante, los investigadores aclaran que el estudio solo muestra una correlación, no una causalidad directa, y que se necesitan más investigaciones para confirmar los mecanismos subyacentes.
Un mensaje de prudencia, no de alarma
Ambos estudios coinciden en un punto clave: los edulcorantes no deben considerarse sustancias inocuas solo porque no aporten calorías. La evidencia actual apunta a que su consumo habitual, especialmente en combinación con otros compuestos, podría tener consecuencias para la salud intestinal y cerebral. Sin embargo, los expertos insisten en que no se trata de demonizar estos aditivos, sino de fomentar un consumo más consciente.
Las autoridades sanitarias europeas, como la EFSA, evalúan la seguridad de los edulcorantes antes de autorizarlos y fijan ingestas diarias admisibles. La Organización Mundial de la Salud también ha advertido que no deberían utilizarse como estrategia principal para controlar el peso a largo plazo. En la práctica, la recomendación pasa por leer las etiquetas, evitar los productos ultraprocesados y priorizar una alimentación basada en alimentos frescos y naturales. Como recuerdan los investigadores, lo importante no es solo si un producto lleva azúcar o edulcorante, sino qué lugar ocupa en el conjunto de la dieta y con qué frecuencia se consume.