
MADRID, 30 Ene. (EUROPA PRESS) – La idea de incorporar insectos a la alimentación diaria vuelve a la primera línea del debate científico y social. Investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ponen sobre la mesa su potencial para reforzar la seguridad alimentaria en un contexto de cambio climático y crecimiento de la población mundial.
Lejos de plantearlo como una moda pasajera, los expertos insisten en que los insectos comestibles son un recurso ya integrado en muchas culturas de África, Asia y América, y que en Europa apenas empieza a asomar tímidamente. Su mensaje es claro: conviene replantearse su papel en nuestras dietas si queremos sistemas alimentarios más sostenibles y diversificados.
El CSIC reclama repensar el papel de los insectos en la dieta
La investigadora del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) Ligia Esperanza Díaz lidera un trabajo colectivo que invita a abrir sin prejuicios el debate sobre la entomofagia, el consumo de insectos. Díaz subraya que, ante los desafíos ambientales y alimentarios actuales, “deberíamos reconsiderar seriamente el potencial de los insectos comestibles” como parte de la dieta humana.
La científica coordina el libro de divulgación Los insectos comestibles en el mundo, dentro de la colección Divulgación (CSIC-Catarata), en el que una treintena de especialistas en entomología, nutrición y seguridad alimentaria de España, Francia, Países Bajos y América Latina analizan el papel de estos artrópodos como alimento. El volumen aborda tanto su valor nutricional como las eventuales reacciones alérgicas y su encaje en los sistemas alimentarios del futuro.
En este trabajo se incide en que los insectos representan el grupo más diverso del reino animal, con alrededor de un millón de especies descritas y unas 2.100 catalogadas como comestibles. Esta enorme variedad en formas, tamaños y hábitats abre un abanico de opciones gastronómicas y nutricionales que todavía está muy poco explorado en Europa.
Los investigadores del CSIC recuerdan que ya en 2013 la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un informe clave en el que ponía el foco en el papel de los insectos comestibles para reforzar la seguridad alimentaria y proteger el medio ambiente. Desde entonces, la investigación ligada a su cría y a su uso como alimento ha crecido de forma muy notable.
Díaz insiste en que uno de los grandes retos es asegurar un proceso productivo fiable: conocer bien todas las fases de la cría, aplicar medidas estrictas de higiene y bioseguridad y garantizar que el producto final sea seguro y de calidad. Solo así, apuntan desde el CSIC, se podrá avanzar hacia una aceptación social más amplia de los insectos en la mesa.
Valor nutricional de los insectos comestibles
Los insectos que se destinan al consumo humano aportan proteínas de alto valor biológico, con un perfil de aminoácidos comparable al de otras fuentes animales clásicas. Además, concentran grasas saludables, fibra dietética y una gama amplia de micronutrientes, lo que les confiere un perfil nutricional especialmente interesante en dietas con carencias.
Según los datos recopilados por el CSIC, estos artrópodos son fuente de vitaminas del grupo B e incluso de vitaminas A, D y E, así como de minerales como calcio, potasio o magnesio. En algunos países del África central, su consumo supone más de la mitad de las proteínas ingeridas diariamente, lo que da una idea de su peso real en determinadas regiones del mundo.
Una de las ventajas más repetidas por los expertos es el nivel de aprovechamiento de la pieza comestible. Mientras que en carnes como pollo, cerdo o vacuno aproximadamente solo se usa en torno al 50% de la masa corporal del animal, en muchos insectos se puede llegar a utilizar hasta el 80%. Este mayor rendimiento se traduce en menos desperdicio y un uso más eficiente de los recursos invertidos en la producción.
El valor nutricional, no obstante, no es idéntico para todas las especies. Influyen factores como el tipo de insecto, su fase de desarrollo, la alimentación que haya recibido durante la cría o la forma en la que se cocina. Esto abre la puerta a seleccionar especies y técnicas de procesado según las necesidades nutricionales concretas de cada población.
Además de su composición básica, algunos estudios han identificado moléculas con potencial antioxidante y antiinflamatorio en ciertas especies de insectos. Estas propiedades funcionales despiertan el interés de la comunidad científica, ya que podrían dar lugar a ingredientes con aplicaciones específicas en la prevención de determinadas patologías o en la mejora del estado de salud en general.
Una costumbre tradicional en muchos países, aún minoritaria en Europa
El consumo de insectos como alimento, la llamada entomofagia, está muy lejos de ser una rareza a nivel mundial. En numerosas regiones de Asia, África y América se trata de una práctica con profundo arraigo cultural que combina tradición culinaria, aporte nutricional y aprovechamiento sostenible de los recursos locales.
La evidencia arqueológica y antropológica indica que comer insectos ha sido habitual en distintos grupos humanos a lo largo de la historia y en distintos continentes. Hoy en día, en muchos mercados de países tropicales se venden de forma cotidiana productos como saltamontes, orugas, hormigas o escarabajos preparados de múltiples maneras.
Entre las especies que más se consumen a nivel global destacan los escarabajos, que representan cerca del 31% del consumo de insectos, seguidos por las orugas. También son muy frecuentes las hormigas, avispas y abejas, que suman aproximadamente un 14%, así como los ortópteros (saltamontes, langostas, grillos), que rondan el 13%.
El propio libro coordinado por Díaz incluye un pequeño recetario que combina tradición y cocina creativa, con platos que van desde una crema elaborada con gusano blanco hasta preparaciones de cerdo con salsa de tomate cherry acompañada de hormiga culona. Estas propuestas ilustran las posibilidades culinarias de los insectos más allá de las barritas proteicas o los snacks crujientes que suelen aparecer en los supermercados occidentales.
En contraste, el CSIC reconoce que Europa es probablemente el continente donde menos se consumen insectos. El rechazo cultural, la falta de costumbre y cierta percepción de “producto exótico” hacen que el avance sea lento. Aun así, poco a poco empiezan a aparecer iniciativas que intentan normalizar su presencia en la oferta alimentaria.
Situación en la Unión Europea y en España
A nivel regulatorio, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ya considera los insectos una categoría propia dentro de su sistema de clasificación FoodEx2. Esto permite describir y evaluar de forma más precisa los productos derivados de insectos que se quieren comercializar en el mercado europeo.
En el marco legal de la Unión Europea, varios insectos han sido incorporados a la categoría de “nuevos alimentos” o novel foods. Entre ellos se encuentran el grillo doméstico (Acheta domesticus), el gusano de la harina (Tenebrio molitor) y la langosta migratoria (Locusta migratoria), entre otros. Esta autorización implica que se ha evaluado su seguridad para un uso concreto y bajo determinadas condiciones.
Pese a estos avances, los expertos señalan la existencia de un cierto vacío legal en lo que se refiere al reconocimiento de muchas otras especies como comestibles. Este marco aún incompleto dificulta, en parte, el despegue de un sector que aspira a escalar la producción y la comercialización de manera ordenada.
En España se empiezan a ver tímidos ejemplos de normalización. Algunas cadenas de supermercados ya venden insectos de distintas especies, tanto para consumo directo como en forma de ingredientes integrados en otros alimentos. Los productos van desde galletas y snacks fritos hasta patés u otros procesados en los que el insecto se presenta como harina o proteína añadida.
Según los datos difundidos por el CSIC, el grillo y el gusano de la harina son los que más aceptación están logrando en el mercado español. Su uso en forma de polvo o harina ayuda a reducir el impacto visual del insecto entero, algo que puede resultar más aceptable para un consumidor poco habituado a este tipo de alimentos.
La industria alimentaria: de la proteína a los biopolímeros
La industria alimentaria lleva años explorando maneras de incorporar insectos a su catálogo de productos. Más allá de los ejemplos más llamativos, como las barritas con proteína de grillo o las croquetas elaboradas con larvas deshidratadas, el interés empresarial está centrado en desarrollar ingredientes versátiles y fáciles de integrar en alimentos de consumo habitual.
Una de las vías más extendidas es la obtención de harinas de insecto mediante secado y molienda del ejemplar completo. A partir de ahí, se puede trabajar en formulaciones de panadería, pastelería, snacks salados o productos de alto contenido proteico destinados tanto al mercado deportivo como al general.
Para un consumidor europeo, que a menudo muestra reticencias cuando ve el insecto entero, una opción en estudio es la extracción y purificación de las proteínas para utilizarlas como ingrediente funcional sin que la materia prima sea tan evidente a simple vista. Eso permitiría incrementar el valor proteico de algunos alimentos sin modificar demasiado su aspecto tradicional.
El interés no se limita a la alimentación humana. Los insectos también se están evaluando como ingrediente para piensos de animales, tanto de granja como de compañía, así como para el desarrollo de productos con propiedades específicas en el sector farmacéutico. Su versatilidad, sumada a una producción potencialmente más sostenible, los coloca en el radar de diferentes industrias.
Otro ámbito con mucho recorrido es el de los biopolímeros obtenidos a partir de insectos. La industria del envasado de alimentos estudia cómo utilizar estos materiales como alternativa a los plásticos derivados del petróleo, aprovechando su carácter renovable y su biodegradabilidad. En algunos casos, incluso se plantea que estos recubrimientos puedan consumirse junto al producto sin suponer un riesgo para la salud.
Quitina, ceras y nuevos materiales a partir de insectos
Entre las sustancias que más interés despiertan se encuentra la quitina, un polisacárido presente en el exoesqueleto de muchos artrópodos. Tras someterla a determinados procesos químicos, se puede obtener un material biodegradable, no tóxico y con propiedades antimicrobianas y antioxidantes que lo convierten en un candidato atractivo para el sector alimentario.
Con estos derivados de la quitina es posible fabricar recubrimientos comestibles para frutas, verduras u otros alimentos frescos, de forma que se prolongue su vida útil y se reduzca el uso de envases plásticos convencionales. La investigación avanza en la formulación de películas y capas protectoras que sean estables, seguras y eficaces frente a la humedad y la oxidación.
Otra línea de trabajo son las ceras producidas por ciertos insectos, que se están probando como recubrimientos hidrofóbicos de alimentos. Estas ceras pueden actuar como barrera frente a la humedad y contribuir a conservar mejor la textura y la calidad organoléptica de productos perecederos.
La posibilidad de obtener estos biopolímeros a partir de insectos abre una doble vía: por un lado, aprovechar subproductos de la industria de insectos comestibles que de otro modo se desperdiciarían; por otro, reducir la dependencia de recursos fósiles en el sector del envase y del embalaje.
Los investigadores del CSIC señalan que el interés de la industria en este campo no deja de crecer, ya que se trata de soluciones alineadas con las políticas europeas de economía circular y con las estrategias para disminuir el impacto ambiental del sistema alimentario en su conjunto.
Retos pendientes y futuro de la entomofagia en Europa
Aunque las posibilidades son amplias, los especialistas reconocen que la incorporación de insectos a la dieta europea tiene por delante múltiples retos. El primero, sin duda, es cultural: la percepción de rechazo o de “alimento extraño” sigue muy extendida entre los consumidores de países como España, pese al creciente interés mediático y gastronómico.
A este aspecto se suma la necesidad de consolidar una regulación clara y homogénea que dé seguridad tanto a empresas como a consumidores. La categoría de nuevos alimentos ha supuesto un impulso, pero quedan por definir aspectos como el listado de especies autorizadas, los usos concretos y las condiciones de etiquetado o de trazabilidad.
En el plano productivo, los investigadores insisten en que la cría de insectos a gran escala exige protocolos estrictos de higiene y bioseguridad. Controlar la alimentación de los insectos, las condiciones de cría y el procesado posterior resulta clave para evitar contaminaciones y cumplir los estándares europeos de seguridad alimentaria.
Otro elemento a tener en cuenta son las posibles reacciones alérgicas. El libro coordinado por Díaz dedica espacio a analizar qué perfiles de consumidores podrían tener más riesgo, ya que en algunos casos se han descrito alergias cruzadas entre insectos y otros alimentos, como el marisco. Esta cuestión obliga a extremar las precauciones en materia de información al consumidor.
Con todo, la comunidad científica y parte de la industria coinciden en que los insectos están llamados a ser un componente más de los sistemas alimentarios del futuro, especialmente si se consigue desarrollar modelos de producción sostenibles y económicamente viables. Para el CSIC, el objetivo no es sustituir de golpe otras fuentes de proteína, sino sumar una opción adicional que ayude a diversificar la oferta y reducir la presión sobre el entorno.
El trabajo desarrollado por el CSIC y la FAO, junto con las iniciativas reguladoras de la Unión Europea y los primeros pasos del mercado en países como España, apunta a un escenario en el que incluir insectos en la dieta deje de ser una rareza para convertirse, con el tiempo, en una alternativa más dentro del menú, con aplicaciones que van desde el plato del día hasta los envases que protegen los alimentos que llegan a la mesa.