Cuando un consumidor elige huevos ecológicos en el supermercado, suele pensar que está haciendo lo mejor para el planeta y para las gallinas. Sin embargo, una investigación publicada en la revista Royal Society Open Science y liderada por la Universidad de Oxford pone en entredicho esa creencia. El trabajo, que ha generado un intenso debate en el Reino Unido, concluye que los huevos ecológicos podrían tener un impacto climático hasta un 60% mayor que los procedentes de gallinas criadas en jaulas, siempre que se mantenga constante el volumen de producción.
La clave está en la eficiencia. Según los investigadores, las aves confinadas convierten el pienso en huevos de forma más eficiente, lo que reduce el consumo de recursos y las emisiones asociadas. Por el contrario, los sistemas ecológicos y camperos necesitan más gallinas para producir la misma cantidad, lo que dispara la huella de carbono, el uso del suelo y la contaminación del agua. El estudio cifra las emisiones de una hipotética transición total a lo ecológico en el Reino Unido en 2.316.000 toneladas de CO₂ equivalente, frente a 1.184.000 toneladas si se mantuviera el modelo de jaulas.
Más emisiones, más suelo, más mortalidad
El análisis, que utilizó datos de granjas británicas recopilados entre 2009 y 2010, evaluó varios escenarios de producción. Los sistemas sin jaula obtuvieron peores resultados en casi todos los indicadores ambientales: no solo en emisiones, sino también en acidificación del suelo, eutrofización del agua y ocupación del terreno. Además, la mortalidad de las gallinas fue significativamente mayor en los modelos ecológicos y camperos, debido a una mayor exposición a enfermedades, depredación y picoteo de plumas.
La autora principal, Harriet Bartlett, investigadora de la Smith School of Enterprise and the Environment, subraya que el bienestar animal y la sostenibilidad ambiental a menudo entran en conflicto. «Nuestra investigación subraya la importancia de considerar conjuntamente el bienestar animal, el impacto ambiental y la producción de alimentos al definir el futuro de la avicultura», afirma Bartlett. El estudio también contó con la participación de Oliver Martinic, investigador independiente radicado en Croacia, quien advierte que las diferencias de rendimiento entre sistemas pueden tener «consecuencias no deseadas».

El difícil equilibrio entre ética y clima
Los autores del estudio reconocen que los resultados no deben interpretarse como una defensa del regreso a las jaulas. Las gallinas enjauladas sufren estrés y problemas físicos que no existen en los sistemas ecológicos, donde los animales pueden expresar comportamientos naturales y se reduce el uso de plaguicidas. Sin embargo, el trabajo evidencia que la etiqueta «ecológico» no garantiza un menor impacto ambiental global.
Lee Holdstock, responsable de asuntos regulatorios de Soil Association Certification, ajeno a la investigación, coincide en que el estudio refleja solo una parte del impacto. La sostenibilidad también debe tener en cuenta la conservación de la naturaleza, la calidad del agua y del suelo, el uso de productos sintéticos y el bienestar animal. «Queremos que las granjas y los consumidores sean conscientes de todos los posibles impactos relacionados con los métodos que utilizamos para producir nuestros alimentos», añade Bartlett.
Datos limitados pero reveladores
Una de las principales críticas al estudio es la antigüedad de los datos, que se recogieron entre 2009 y 2010. Los propios investigadores reconocen esta limitación y señalan que no se han tenido en cuenta los avances más recientes en genética, nutrición y manejo. No obstante, defienden que sigue siendo el conjunto de datos más completo disponible para comparar todos los sistemas de alojamiento con una metodología consistente. Los trabajos más recientes suelen centrarse solo en algunos sistemas, lo que dificulta la comparación directa.
Además, el estudio no evaluó factores como la biodiversidad, el uso de pesticidas o la salud del suelo, ámbitos en los que la producción ecológica suele presentar ventajas. La cadena mundial de suministro de alimentos genera el 26% de las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano, y la producción de huevos se ha cuadruplicado en los últimos 50 años, lo que hace urgente encontrar un equilibrio.

¿Qué puede hacer el consumidor?
Para el comprador, el mensaje no es sencillo. Ningún sistema de producción ofrece hoy el mejor desempeño en todos los frentes del bienestar animal y del medio ambiente al mismo tiempo. Los autores del estudio insisten en que la transición hacia sistemas sin jaula debe ir acompañada de mejoras en la eficiencia alimentaria y la reducción de la mortalidad para evitar un aumento del impacto ambiental.
En España, donde el consumo de huevos ecológicos ha crecido en los últimos años, este debate cobra especial relevancia. La clave está en desarrollar modelos que combinen altos estándares de bienestar con un mejor rendimiento productivo y un menor impacto ambiental. Mientras tanto, los consumidores pueden informarse y valorar que la sostenibilidad de un alimento no depende únicamente de que lleve la denominación de ecológico, sino de múltiples factores que a menudo entran en tensión.
El estudio de Oxford abre así un debate complejo que no admite simplificaciones. La alternativa con menores emisiones no es necesariamente la que ofrece mejores condiciones de vida para los animales, mientras que el modelo considerado más respetuoso desde el punto de vista ético puede presentar un impacto ambiental mayor. La sostenibilidad real pasa por considerar todas las variables de forma conjunta y buscar soluciones que minimicen las desventajas de cada sistema.

