Mucha gente prefiere pillar el pescado ya limpio y listo para cocinar para no complicarse la vida ni esperar turno. Sin embargo, este hábito de comprar productos envasados podría estar suponiendo un agujero inesperado en el presupuesto mensual de muchas familias españolas.
Según un análisis detallado de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), existe una diferencia económica notable dependiendo de cómo adquiramos el producto. El estudio, que ha analizado diez cadenas de distribución, revela que pagar por la conveniencia del fileteado previo puede salir considerablemente más caro.
El precio de evitar la cola en la pescadería
Los datos indican que, al comprar especies pequeñas como la lubina o la dorada ya preparadas en bandejas, el sobrecoste medio alcanza el 30 % en comparación con la compra de la pieza entera en el mostrador del propio establecimiento. Para llegar a esta cifra, la OCU ha tenido en cuenta el rendimiento real del pescado (la parte comestible), basándose en los parámetros de la Fundación Española de Nutrición.
No obstante, no siempre es así. Cuando se trata de pescados de mayor tamaño o de cortes más sencillos, como el salmón o la merluza simplemente abierta o eviscerada, el recargo es prácticamente insignificante. En estos casos concretos, no tiene mucho sentido perder el tiempo haciendo cola si la pieza ya está disponible en la sección de refrigerados.

Menos asesoramiento y mayor estandarización
La tendencia actual de los supermercados es sustituir los mostradores tradicionales por el modelo de autoservicio. Un ejemplo claro es el nuevo modelo de tienda de Mercadona que elimina el mostrador de pescadería, que apuesta por un Obrador Central para gestionar los productos frescos. Aunque esto optimiza la logística y el espacio para la empresa, el usuario pierde el contacto con el profesional.
La desaparición del pescadero implica que el cliente ya no puede personalizar el corte ni recibir consejos sobre cuál es la mejor pieza del día. Además, se pierde un control visual crítico; en la barqueta es mucho más difícil comprobar la frescura analizando el brillo de los ojos o el color de las agallas, elementos clave para garantizar la seguridad alimentaria.
Impacto en la dieta y el medio ambiente
Este cambio hacia lo industrial también afecta a lo que ponemos en el plato. La estandarización del surtido hace que las especies menos comunes o los pescados de temporada empiecen a desaparecer, ya que no encajan en la logística de distribución masiva. Esto acaba empobreciendo la dieta y limitando el acceso a opciones más económicas y frescas según la estación.
Por otro lado, el problema ambiental es evidente. El uso masivo de bandejas de plástico choca frontalmente con los objetivos de la Unión Europea para reducir los plásticos de un solo uso y con la demanda de sostenibilidad de los consumidores actuales. Básicamente, se está cambiando la calidad y el respeto al entorno por una rapidez que, además, resulta más costosa.
Para ahorrar, lo ideal es comparar y, especialmente en pescados pequeños, solicitar que los limpien en el momento en el mostrador. De esta forma, se consigue un producto más fresco, se apoya la diversidad de especies y se evita pagar un extra innecesario por un plástico que acabará en la basura.


