La manera en que los niños y niñas se relacionan con la comida en los primeros años de vida puede marcar su forma de alimentarse durante mucho tiempo. Un trabajo reciente desarrollado en España pone el foco en cómo disfrutar al comer en la etapa preescolar se asocia con una dieta de mayor calidad, mientras que ser muy selectivo con los alimentos tiende a ir de la mano de patrones menos saludables.
Lejos de fijarse solo en qué comen los pequeños, esta investigación ha analizado sus comportamientos al sentarse a la mesa y cómo estos se reflejan en la elección de alimentos. Los resultados apuntan a que la actitud hacia la comida en la infancia puede ayudar a consolidar hábitos beneficiosos o, por el contrario, favorecer rutinas poco recomendables para la salud a largo plazo y su impacto en cuerpo y mente.
CIBER/UNIZAR | jueves, 12 de febrero de 2026
Un estudio español para entender cómo comen los más pequeños
El trabajo forma parte del proyecto CORALS, impulsado por el grupo GENUD de la Universidad de Zaragoza, el Instituto de Investigación Sanitaria Aragón (IIS Aragón) y el área de Obesidad y Nutrición del CIBER (CIBEROBN). El objetivo principal ha sido explorar la relación entre distintos rasgos del comportamiento alimentario y la calidad de la dieta en menores de entre 3 y 6 años.
Esta investigación, publicada en la revista científica European Journal of Nutrition, se centra en una etapa considerada clave para el desarrollo de gustos, aversiones y costumbres relacionadas con la comida. En estas edades se consolidan muchas preferencias que, con frecuencia, se mantienen en la adolescencia e incluso en la vida adulta, por lo que entender qué ocurre entonces resulta especialmente relevante.
El artículo, titulado en inglés «Association between eating behaviours and food and beverage consumption in male and female children aged 3-6 years: The CORALS cohort», analiza con detalle patrones de alimentación diferenciados en niños y niñas. A partir de estos datos, los investigadores han podido identificar qué rasgos influyen más en seguir una pauta alimentaria saludable o menos recomendable.
Los responsables del estudio subrayan que los comportamientos alimentarios infantiles no se limitan a “si comen mucho o poco”, sino que abarcan aspectos como el interés por probar alimentos nuevos, la resistencia a ciertos sabores o la facilidad para aceptar diferentes preparaciones. Todos estos elementos, combinados, pueden condicionar el tipo de dieta que siguen los menores.

Muestra amplia y cuestionarios específicos
Para obtener una fotografía representativa, el proyecto CORALS ha contado con la participación de 1.407 niños y niñas de entre 3 y 6 años, procedentes de siete ciudades españolas: Córdoba, Tarragona, Barcelona, Pamplona, Santiago de Compostela, Valencia y Zaragoza. Este tamaño muestral permite disponer de información sólida sobre los hábitos de la población infantil preescolar en distintas zonas del país.
Las familias de los menores respondieron el Child Eating Behaviour Questionnaire (CEBQ), una herramienta ampliamente utilizada en investigación para evaluar comportamientos relacionados con la alimentación infantil. Este cuestionario indaga en aspectos como el disfrute al comer, la sensibilidad a las señales de saciedad o la tendencia a rechazar determinados platos.
Además, para conocer qué comían realmente los niños y niñas, se empleó el cuestionario COME-Kids, diseñado para registrar el consumo de alimentos y bebidas en la infancia. A partir de sus respuestas se pudieron estimar la frecuencia con la que se ingerían frutas, verduras, pescado, legumbres, cereales integrales, dulces y otros productos.
La combinación de ambos instrumentos permitió relacionar comportamientos observados en la mesa con patrones concretos de consumo. De esta forma, los investigadores pudieron detectar qué rasgos conductuales se asociaban con una dieta más equilibrada y cuáles iban acompañados de prácticas menos saludables.
Disfrutar de la comida: más frutas, verduras y menos dulces
Entre los diferentes rasgos analizados, uno de los que más peso tuvo fue el llamado “disfrute por la comida”. Los menores que puntuaban alto en esta característica solían mostrar más interés por comer, curiosidad por los alimentos y una actitud generalmente positiva ante las comidas del día.
Según los resultados, estos niños y niñas consumían con mayor frecuencia frutas, verduras, pescado, legumbres y cereales integrales. Es decir, tendían a seguir una pauta alimentaria más cercana a las recomendaciones de las guías nutricionales, con presencia habitual de alimentos frescos y de origen vegetal.
Además, el mayor disfrute al comer se relacionó con un consumo más bajo de dulces y productos azucarados. Esto sugiere que, cuando la experiencia de comer es positiva y variada, los pequeños no dependen tanto de alimentos muy azucarados para sentirse satisfechos, algo que puede tener impacto en la prevención de la obesidad y otras enfermedades relacionadas.
El equipo investigador explica que, tras identificar patrones dietéticos diferenciados para niños y niñas, el disfrute por la comida se confirmó como uno de los factores clave asociados a un patrón globalmente más saludable. En otras palabras, los menores que se muestran abiertos y contentos a la hora de comer tienden a incorporar alimentos beneficiosos en su día a día.
Cuando la comida se vuelve un problema: selectividad alimentaria
En el lado opuesto, el estudio analizó también la llamada “selectividad alimentaria” o food fussiness, un rasgo caracterizado por el rechazo frecuente de determinados alimentos, la resistencia a probar cosas nuevas y una lista muy limitada de platos aceptados.
Los datos mostraron que los menores más selectivos ingerían menos frutas, verduras, legumbres, pescado y cereales integrales. Es decir, les costaba mucho más integrar los alimentos que suelen considerarse básicos dentro de una alimentación equilibrada.
Al mismo tiempo, esta selectividad se relacionó con un mayor consumo de productos azucarados y dulces. En la práctica, esto puede traducirse en una dieta con presencia habitual de galletas, bollería, bebidas azucaradas u otros alimentos ricos en azúcar y baja densidad nutricional.
Los investigadores destacan que tanto el disfrute por la comida como la selectividad alimentaria fueron los rasgos que más influyeron en que un menor siguiera un patrón alimentario más o menos saludable. Comprender estas diferencias puede ayudar a interpretar por qué algunos niños aceptan con relativa facilidad una variedad de alimentos, mientras que otros muestran un rechazo casi automático.
Implicaciones para familias, escuelas y sanidad
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que ofrece pistas útiles para el diseño de estrategias de prevención y educación nutricional en la etapa preescolar. Si se tienen en cuenta rasgos como el disfrute al comer o la selectividad, las intervenciones pueden adaptarse mejor a las necesidades de cada menor y de su entorno.
Los autores señalan que estos hallazgos pueden emplearse para desarrollar programas dirigidos a familias, profesionales sanitarios y escuelas infantiles.
En la práctica, esto podría traducirse en propuestas como ofrecer de forma repetida y sin presiones alimentos nuevos, crear rutinas de comida agradables, ajustar las raciones al apetito del niño o niña y evitar utilizar dulces como recompensa. Aunque el estudio no se centra en recomendar pautas concretas, sus resultados respaldan la idea de trabajar el vínculo positivo con la comida desde edades muy tempranas.
Dado que los hábitos adquiridos en los primeros años de vida se han relacionado con el riesgo posterior de obesidad y enfermedades crónicas, los autores recuerdan que comprender qué factores favorecen una alimentación sana en la infancia es clave para las políticas de salud pública en España y en otros países europeos.
Quién está detrás del proyecto CORALS
La investigación ha sido liderada por la investigadora Ivie Maneschy, bajo la supervisión de la Dra. María Luisa Miguel-Berges, la Dra. Pilar De Miguel-Etayo y el Dr. Luis A. Moreno, investigador principal del grupo GENUD. Todo el equipo forma parte del CIBEROBN, la Universidad de Zaragoza y el IIS Aragón.
El trabajo ha contado también con la colaboración de otros grupos del CIBEROBN y distintas instituciones académicas y sanitarias españolas. Entre ellas figuran la Universidad Rovira i Virgili y el Instituto de Investigación Pere Virgili (URV-IISPV), el Instituto Maimónides de Investigaciones Biomédicas de Córdoba (IMIBIC), el Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago (IDIS), la Universidad de Valencia, la Universidad de Navarra, el Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra (IdisNA) y el Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM) de Barcelona.
Esta red de colaboración permite integrar experiencias de diferentes comunidades autónomas y reforzar la validez de los resultados obtenidos, al tiempo que facilita que las conclusiones del estudio puedan tenerse en cuenta en diversos entornos clínicos y educativos.
El papel del IIS Aragón en la investigación en salud
El Instituto de Investigación Sanitaria Aragón (IIS Aragón) es una de las piezas clave en el desarrollo de este tipo de proyectos. Se trata de un centro que integra a los Hospitales Universitarios Lozano Blesa y Miguel Servet, a la Atención Primaria de Salud, a la Universidad de Zaragoza y al Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud.
Entre sus objetivos se encuentran acercar la investigación básica y la aplicada, incluyendo la vertiente clínica y la de servicios sanitarios, así como promover un entorno donde la actividad investigadora, asistencial y docente convivan de forma coordinada.
Además, el IIS Aragón aspira a ser un espacio de referencia para la captación de talento y el desarrollo de grandes infraestructuras científico-tecnológicas. En este contexto, estudios como el del proyecto CORALS muestran cómo la investigación en nutrición infantil puede contribuir a orientar políticas y actuaciones concretas en el sistema sanitario.
En conjunto, los resultados del proyecto CORALS apuntan a que fomentar una relación positiva con la comida desde los 3 a los 6 años se asocia con una dieta más variada y saludable, mientras que la selectividad alimentaria tiende a vincularse con una menor presencia de frutas, verduras, legumbres, pescado y cereales integrales y con un mayor consumo de dulces. Para familias, centros educativos y profesionales de la salud, estos datos ofrecen una base sólida para impulsar entornos en los que comer bien sea algo natural, agradable y sostenible en el tiempo.