Consumo excesivo de bebidas energéticas y riesgo de ictus: qué está alertando a los médicos

  • Un caso clínico vincula el consumo diario de ocho bebidas energéticas con un ictus talámico y una hipertensión extrema.
  • La combinación de altas dosis de cafeína, azúcar y otros estimulantes podría aumentar el riesgo de accidente cerebrovascular.
  • Autoridades europeas y españolas alertan de los efectos cardiovasculares, metabólicos y neurológicos de estas bebidas.
  • Expertos reclaman límites de venta, más advertencias en el etiquetado y campañas dirigidas sobre todo a población joven.

bebidas energeticas y riesgo de ictus

Un caso clínico publicado en la revista médica británica BMJ Case Reports ha encendido las alarmas sobre el consumo excesivo de bebidas energéticas y su posible relación con el ictus, según un estudio sobre salud cardíaca.

Lejos de ser una rareza anecdótica, este episodio sirve de punto de partida para que especialistas europeos y organismos como la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) alerten de que no se está calibrando bien el riesgo cardiovascular y neurológico ligado a estas bebidas, especialmente cuando se consumen a diario y en grandes cantidades.

Mucho más que cafeína

latas de bebidas energeticas

En el caso descrito por los médicos británicos, el paciente acudió a Urgencias tras notar debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo del cuerpo, problemas para mantener el equilibrio, dificultades para caminar, tragar y hablar. El cuadro era compatible con ataxia, un trastorno de la coordinación motora que hizo sospechar enseguida de un problema neurológico grave.

Las pruebas de imagen confirmaron un ictus isquémico localizado en el tálamo, la región cerebral encargada, entre otras funciones, de integrar la información sensorial y coordinar el movimiento. Al mismo tiempo, las mediciones revelaron una presión arterial desorbitada: 254/150 mmHg, valores que encajan en una crisis hipertensiva severa con riesgo vital inmediato.

En el hospital, y tras 72 horas de tratamiento con varios fármacos antihipertensivos, la tensión arterial sistólica descendió hasta alrededor de 170 mmHg. A primera vista parecía una evolución razonable y el hombre fue dado de alta con medicación para seguir en casa, algo habitual en episodios de hipertensión grave asociada a un ictus.

Sin embargo, en las semanas siguientes la presión arterial volvió a dispararse y se mantuvo alta a pesar de combinar hasta cinco medicamentos diferentes. Fue esa falta de respuesta al tratamiento estándar la que llevó al equipo médico a repasar en detalle los hábitos cotidianos del paciente, más allá de la típica batería de preguntas sobre tabaco, alcohol o drogas.

En ese segundo interrogatorio apareció la pieza que faltaba: el hombre confesó que tomaba a diario una media de ocho latas de bebida energética, cada una con unos 160 mg de cafeína. En total, ingería entre 1.200 y 1.300 mg de cafeína al día, más de tres veces por encima del límite máximo recomendado para adultos, que se sitúa en 400 mg diarios, según las recomendaciones sobre la cafeína.

Cuando se le indicó que dejara por completo estas bebidas, la respuesta fue contundente: la tensión arterial se normalizó y pudo retirarse la medicación antihipertensiva. No obstante, las secuelas neurológicas no se revirtieron del todo; años después sigue padeciendo entumecimiento y pérdida parcial de sensibilidad en la mano, el pie y los dedos del lado izquierdo.

Hipertensión por exceso de cafeína

Los autores del informe subrayan que el paciente no asociaba en absoluto su consumo de bebidas energéticas con un riesgo cardiovascular. Una percepción que, según señalan, es bastante generalizada: se suelen ver como productos inocuos para “activar” el cuerpo, pero no como algo capaz de desencadenar un ictus o un infarto.

A nivel europeo, se considera bebida con alto contenido en cafeína aquella que aporta más de 15 mg de cafeína por 100 ml. Muchas energéticas superan sobradamente ese umbral. Una ración típica de 250 ml puede rondar los 80 mg de cafeína, pero algunas latas grandes o formatos “extremos” alcanzan hasta 500 mg de una sola vez, algo que equivale a varios cafés expresos de golpe.

En España, el Ministerio de Sanidad define estas bebidas como productos sin alcohol, habitualmente carbonatados, con cafeína, hidratos de carbono, aminoácidos, vitaminas, minerales y extractos vegetales, además de diversos aditivos. AESAN recuerda que 160 mg de cafeína por lata suponen aproximadamente dos cafés expreso, de modo que ocho latas diarias equivaldrían a unos 16 cafés.

El problema no es solo la dosis. Como explican los especialistas, la etiqueta refleja la cantidad de “cafeína pura”, pero en la fórmula suele haber “cafeína oculta” procedente de otros ingredientes. El guaraná, por ejemplo, concentra aproximadamente el doble de cafeína que un grano de café, por lo que el aporte real puede ser bastante mayor del que figura en el envase.

Además, estas bebidas incluyen compuestos como taurina, ginseng o glucuronolactona. La hipótesis de los investigadores es que la interacción entre todos estos estimulantes potencia el efecto global sobre el sistema cardiovascular y el sistema nervioso, favoreciendo subidas bruscas de tensión arterial, arritmias y, en determinadas circunstancias, un aumento del riesgo de ictus o infarto.

Efectos perjudiciales de las bebidas energéticas

Una revisión de estudios publicada en la revista científica Nutrients recopila un amplio listado de efectos adversos asociados al consumo elevado de bebidas energéticas, especialmente cuando se toman a diario o en grandes cantidades. Algunos son relativamente frecuentes, mientras que otros son más raros pero potencialmente mortales.

Entre los problemas más descritos figuran las alteraciones del sueño (insomnio, despertares continuos, mala calidad del descanso), la ansiedad, cambios de humor y dificultades de concentración. En adolescentes y jóvenes, un uso intenso se ha vinculado a un aumento de comportamientos de riesgo y trastornos del comportamiento.

En el ámbito cardiovascular, la literatura recoge múltiples casos de arritmias, palpitaciones intensas y crisis hipertensivas tras ingerir varias latas en poco tiempo, sobre todo en personas con factores de riesgo previos o con una sensibilidad especial a la cafeína. En algunos episodios extremos se han documentado paradas cardiacas.

Los efectos no se quedan en el corazón: también se han descrito inflamaciones agudas de órganos como el hígado, el estómago, el páncreas o los riñones, dermatitis y ciertos trastornos autoinmunes coincidiendo con un uso intensivo de estos productos. Aunque no siempre es fácil establecer una relación causa-efecto, el patrón se repite en buena parte de los informes clínicos.

El azúcar es otro de los grandes protagonistas. Una sola lata de bebida energética puede contener entre 27,5 y 30 gramos de azúcares simples por 250 ml, y hasta 55-60 gramos en formatos de 500 ml. Esto supone que con un solo envase se pueden superar las recomendaciones diarias de la OMS, que aconseja que el azúcar libre no represente más del 10% de la energía total diaria.

La ingesta prolongada de elevadas cantidades de azúcar se ha relacionado con sobrepeso, obesidad, diabetes tipo 2, caries, alteraciones de la microbiota intestinal y aumento del riesgo de enfermedades cardiovasculares. También se han señalado posibles efectos sobre el rendimiento cognitivo y problemas de aprendizaje en la infancia, así como una mayor probabilidad de desarrollar deterioro cognitivo y enfermedad de Alzheimer a largo plazo.

Un riesgo infravalorado en población joven

Aunque el caso que ha saltado a los titulares es el de un hombre de mediana edad, los especialistas insisten en que el grupo más expuesto son los adolescentes y los adultos jóvenes, principales consumidores de este tipo de bebidas en Europa, como muestra el auge entre menores. Buena parte de la publicidad y las promociones se dirigen precisamente a ellos.

En Reino Unido, algunos grandes supermercados han decidido no vender bebidas energéticas a menores de 16 años, en un intento de frenar la obesidad, la caries y otros problemas de salud ligados al exceso de azúcar. Sin embargo, los riesgos cardiovasculares y neurológicos siguen menos presentes en el debate público.

En España, el Ministerio de Consumo exige que los envases que superen cierto contenido de cafeína incluyan una advertencia visible del tipo: “Contenido elevado de cafeína: no recomendado para niños ni mujeres embarazadas o en periodo de lactancia”. Aun así, actualmente no existe una prohibición de venta para menores ni una normativa específica que limite la cantidad que puede adquirirse.

AESAN y el Ministerio de Sanidad recomiendan que niños, adolescentes, embarazadas, mujeres lactantes, personas con hipertensión, enfermedades cardiovasculares o trastornos del sueño eviten por completo estas bebidas. En adultos sanos se aconseja un consumo muy esporádico y en formatos pequeños, consultando siempre con el médico si se toman otros fármacos.

Los expertos españoles insisten además en no utilizar las energéticas ni para hidratarse después del ejercicio ni como sustituto del descanso. También desaconsejan combinarlas con alcohol, ya que la mezcla puede enmascarar la sensación de embriaguez y favorecer conductas de riesgo, accidentes de tráfico y consumo excesivo de ambas sustancias.

Regulación más estricta

El caso clínico de Nottingham, junto con la literatura acumulada, ha llevado a diversos especialistas a plantear cambios regulatorios más ambiciosos en Europa y en España. Aunque la evidencia aún no permite afirmar de forma categórica que las bebidas energéticas provoquen ictus por sí mismas, sí se observa una asociación preocupante en contextos de consumo exagerado.

Los autores del informe británico proponen que, igual que se investiga de forma rutinaria el consumo de tabaco, alcohol o drogas, los profesionales sanitarios pregunten de manera específica por las bebidas energéticas cuando tratan pacientes con hipertensión, arritmias u otros problemas cardiovasculares en apariencia inexplicables.

Desde el punto de vista de salud pública, cada vez se oye con más fuerza la idea de endurecer el etiquetado, limitar la publicidad dirigida a menores y valorar restricciones en la venta, especialmente en colegios, instalaciones deportivas y entornos frecuentados por adolescentes. Algunos expertos plantean incluso equiparar ciertos mensajes de advertencia a los que ya aparecen en bebidas alcohólicas.

Organismos como AESAN recuerdan que las bebidas con alto contenido en cafeína y azúcar no solo se relacionan con ictus y enfermedad cardiovascular, sino también con un incremento global de la morbilidad por patologías metabólicas y digestivas. Por ello, instan a reforzar las campañas informativas para que la población entienda mejor qué está tomando cuando abre una lata de este tipo de productos.

En el ámbito clínico, el caso del hombre británico ha servido también para resaltar “la importancia del interrogatorio dirigido” sobre estos consumos en la práctica diaria. Muchos pacientes, como él, no consideran relevante mencionar que toman varias energéticas al día, lo que puede retrasar el diagnóstico de la causa de una hipertensión grave o de otros síntomas alarmantes.

Con todo lo que se sabe hasta ahora, la comunidad médica coincide en que las bebidas energéticas, combinando altas dosis de cafeína, azúcar y otros estimulantes, están lejos de ser inocuas si se consumen a lo loco: el caso publicado, las advertencias de AESAN y las iniciativas regulatorias en distintos países apuntan en la misma dirección, y ponen sobre la mesa la necesidad de moderar su consumo, sobre todo entre los más jóvenes, antes de que los sustos lleguen en forma de ictus u otras complicaciones graves.

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