Consumo de bebidas energéticas en menores: datos, riesgos y alerta social

  • El consumo de bebidas energéticas entre menores y jóvenes en España se ha disparado y se ha normalizado en ocio y vida diaria.
  • Contienen altas dosis de cafeína y azúcares, con impactos directos en sueño, rendimiento académico y salud física y mental.
  • Las autoridades sanitarias europeas y españolas advierten de riesgos cardiovasculares, psicológicos y de combinación con alcohol.
  • Familias y escuelas se convierten en pieza clave para prevenir, informar y poner límites al acceso de estos productos.

Consumo de bebidas energéticas en menores

En los últimos años, el consumo de bebidas energéticas entre menores y adolescentes se ha disparado en España y en otros países europeos. Lo que comenzó siendo un uso esporádico, ligado a momentos concretos de cansancio o estudio, se ha convertido en un hábito muy extendido en el ocio nocturno y, cada vez más, en la rutina diaria de chicos y chicas.

Este fenómeno ha encendido las alarmas entre expertos en salud pública, pediatras y familias, que advierten de los efectos directos sobre el sueño, el rendimiento escolar, el estado emocional y el sistema cardiovascular. A pesar de que son productos de venta libre en supermercados y tiendas de barrio, su composición y la forma en que se consumen los sitúan en el centro de un debate sanitario de primer orden.

Un consumo en ascenso entre adolescentes y jóvenes

Los datos disponibles apuntan a una tendencia al alza en el consumo de bebidas energéticas desde hace décadas, pero con un crecimiento especialmente marcado en los últimos años. Informes recientes citados por el Ministerio de Sanidad sitúan este aumento a finales de 2024 y principios de 2025, destacando que ya no se trata solo de un uso puntual asociado a fiestas, sino de un consumo mucho más habitual.

Los grupos de edad más implicados son los jóvenes de 15 a 34 años, que se han convertido en los principales compradores de este tipo de productos. Dentro de ese grupo, preocupa especialmente lo que ocurre entre los menores de edad, donde se observa una normalización muy clara tanto en contextos de ocio nocturno como en el día a día, por ejemplo antes de ir a clase o durante la tarde.

Distintas encuestas indican que el 47,7% de los adolescentes de entre 14 y 18 años consume bebidas energéticas de forma regular. Además, el problema se adelanta a edades cada vez más tempranas: alrededor del 38% de los menores de 12 y 13 años ya las ha probado, lo que pone sobre la mesa la exposición de niños muy jóvenes a altas dosis de cafeína y otros estimulantes.

Este uso precoz y frecuente ha hecho que el consumo de estos productos deje de ser percibido como algo excepcional para pasar a formar parte del paisaje cotidiano de muchos menores. El testimonio de adolescentes que reconocen tomar varias latas al día ilustra el grado de normalización alcanzado en apenas unos años.

En reportajes de investigación sobre el tema, algunos jóvenes explican que comenzaron a beber estas bebidas con apenas 12 años y que ahora, con 15, pueden llegar a tomar hasta cuatro latas al día. Muchos de ellos afirman haberse “acostumbrado” y aseguran que en sus grupos de amigos hay quien incluso consume más, lo que refleja dinámicas de grupo y cierta presión social dentro del entorno adolescente.

Normalización, publicidad y percepción de las familias

Uno de los factores que más preocupa a especialistas y asociaciones de padres es la normalización social y publicitaria de las bebidas energéticas. Desde hace años se promocionan como productos asociados a la diversión, la resistencia física, el deporte extremo, la libertad o el éxito, mensajes muy atractivos para menores y jóvenes.

La Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnado (CEAPA) alerta de que muchas familias desconocen la magnitud real del problema. En su experiencia, una parte importante de padres y madres no es consciente de la frecuencia con la que sus hijos consumen estas bebidas ni de la cantidad de cafeína que contienen, lo que dificulta poner límites claros.

En algunos casos, los propios progenitores reconocen que no ven con malos ojos que sus hijos tomen este tipo de productos, amparándose en la idea de que, si se venden libremente, es porque cuentan con un control sanitario suficiente. Esta percepción, compartida por muchas personas adultas, choca con las advertencias reiteradas de las autoridades de salud pública y de la comunidad científica.

CEAPA resume esta contradicción con un mensaje directo: lo que la publicidad presenta como “alas” —un plus de energía, éxito y libertad— se traduce, en la práctica, en “dar la lata” a la salud y a la convivencia familiar. Los problemas derivados del insomnio, la irritabilidad, el bajo rendimiento académico o la dependencia a la cafeína acaban afectando tanto a los menores como al entorno del hogar.

Ante este escenario, la confederación ha puesto en marcha una campaña de sensibilización dirigida a las familias bajo el lema “Dan la lata, no alas”, con el objetivo de ofrecer información clara sobre los riesgos reales de las bebidas energéticas y reforzar el papel del entorno familiar como primera barrera de protección.

Qué llevan realmente las bebidas energéticas

El auge de estos productos no puede entenderse sin revisar su composición. Las bebidas energéticas se diseñaron, en origen, para aumentar la resistencia física, reducir la sensación de sueño y estimular el metabolismo. Para lograrlo, combinan altas dosis de cafeína con otros componentes como taurina, azúcares en grandes cantidades y, en algunos casos, vitaminas del grupo B y otros estimulantes.

Según un informe del Comité Científico de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), estas bebidas contienen niveles de cafeína que rondan los 32 mg por cada 100 ml. Esto significa que una lata estándar puede acumular entre 70 y 80 mg de cafeína, una cantidad equiparable a tomar de dos a tres cafés de golpe.

Las cifras son aún más preocupantes cuando se habla de formatos de mayor tamaño, en los que se pueden superar los 160 mg de cafeína en una sola lata. A partir de esa dosis, los estudios señalan un aumento relevante de los riesgos de sufrir efectos psicológicos y cardiovasculares graves, especialmente en personas jóvenes con menor peso corporal y un organismo aún en desarrollo.

La normativa europea, a través del Reglamento (UE) 1169/2011, obliga a que estas bebidas incluyan en su etiquetado la advertencia “elevado contenido de cafeína: no recomendado para niños ni mujeres embarazadas o en período de lactancia”, junto con la cantidad exacta de cafeína expresada en miligramos. Esta mención debe aparecer de manera visible en el envase.

Aun así, la realidad muestra que la etiqueta no es un freno suficiente para el consumo en menores. Las latas se venden libremente, sin comprobación de edad, en supermercados y tiendas de conveniencia, con precios que suelen oscilar entre uno y dos euros. Esta accesibilidad económica y la ausencia de barreras de venta convierten a los adolescentes en un público potencialmente muy expuesto.

Efectos en el sueño, el sistema nervioso y la salud mental

Uno de los primeros ámbitos en los que se perciben las consecuencias del consumo de bebidas energéticas en menores es el sueño. AESAN advierte de que más de 60 mg de cafeína —lo que equivale prácticamente a una lata estándar— son suficientes para alterar el descanso nocturno de un adolescente, provocando dificultades para conciliar el sueño, despertares frecuentes o insomnio.

Cuando esa alteración del sueño se mantiene en el tiempo, aparece el cansancio acumulado, que se traduce en somnolencia diurna, dificultades para madrugar, apatía y problemas para seguir el ritmo de las clases. Todo ello repercute en la capacidad de concentración y en el estado de ánimo, generando un círculo vicioso del que no siempre es fácil salir.

La CEAPA, apoyándose en estudios científicos del CIBERESP y el European Journal of Pediatrics, subraya que “los adolescentes que consumen bebidas energéticas sacan peores notas”. El insomnio y la fatiga continuada afectan a la memoria, a la atención sostenida y a la capacidad de aprendizaje, elementos clave en edades en las que se construyen las bases académicas.

Además del impacto sobre el sueño, la ingesta elevada de cafeína y otros estimulantes puede generar síntomas de ansiedad, irritabilidad, nerviosismo e incluso agresividad. En algunos casos se describen episodios de depresión y cambios bruscos de humor, que se suman a la propia inestabilidad emocional de la adolescencia.

En términos de salud mental, los expertos también apuntan posibles asociaciones con mayor riesgo de conductas suicidas y con el inicio o intensificación del consumo de otras sustancias, como el alcohol. Aunque la relación no siempre es directa o exclusiva, el patrón de búsqueda de estímulos fuertes y rápidos puede favorecer este tipo de comportamientos de riesgo.

Riesgos cardiovasculares y físicos en edades tempranas

Más allá del cerebro y la conducta, las bebidas energéticas tienen un impacto directo sobre el sistema cardiovascular. El exceso de cafeína puede provocar taquicardias, subida de la tensión arterial e incluso arritmias, efectos que se agravan cuando se combinan con otras sustancias o con el esfuerzo físico intenso.

La AESAN alerta de que a partir de dosis altas, como las que se alcanzan con latas de gran tamaño o con la toma de varias latas en un mismo día, el riesgo de sufrir alteraciones cardiovasculares graves aumenta de forma significativa, especialmente en menores que puedan tener problemas cardíacos no diagnosticados.

En el plano físico general, también se han descrito dolores de cabeza, molestias de estómago y trastornos digestivos relacionados con el consumo habitual de este tipo de bebidas. El elevado contenido en azúcares favorece el aumento de peso y contribuye al desarrollo de obesidad y alteraciones metabólicas a medio y largo plazo.

La combinación de azúcar y estimulantes potencia el efecto de “subidón” inicial, seguido de una “bajada” brusca de energía que puede llevar a los menores a buscar otra lata para recuperar esa sensación, lo que incrementa el riesgo de entrar en una dinámica de consumo repetido durante el mismo día.

A esto se suma la posibilidad de que se genere una dependencia a la cafeína: con el tiempo, el organismo se acostumbra a determinadas dosis y necesita cantidades crecientes para notar el mismo efecto. Cuando el menor reduce o interrumpe el consumo, pueden aparecer síntomas de abstinencia como dolor de cabeza, irritabilidad o una sensación intensa de cansancio.

Alcohol, deporte y otros usos problemáticos

Uno de los usos más preocupantes de las bebidas energéticas en Europa y en España es su mezcla con alcohol, especialmente en contextos de ocio nocturno adolescente. AESAN insiste en que no deben combinarse, ya que los estudios recientes muestran que esta mezcla provoca estados subjetivos alterados en quienes la consumen.

Cuando se toma alcohol junto a bebidas energéticas, la sensación de embriaguez se enmascara parcialmente: la persona se siente más despierta y despejada de lo que realmente está, lo que se traduce en una disminución de la percepción de intoxicación etílica. En la práctica, esto puede llevar a beber más, a asumir más riesgos y a infravalorar el propio estado, por ejemplo a la hora de conducir o de participar en actividades peligrosas.

También está extendido el uso de estas bebidas en el ámbito del deporte aficionado. Muchos adolescentes creen que les ayudan a rendir más o a soportar mejor el esfuerzo, cuando la realidad es que no sirven para hidratar ni para recuperar adecuadamente tras la práctica deportiva.

La propia AESAN recuerda que las bebidas energéticas no permiten reponer metabolitos ni sales minerales como sí lo hacen el agua o determinadas bebidas isotónicas diseñadas específicamente para la rehidratación rápida. En lugar de favorecer la recuperación, pueden aumentar la carga sobre el corazón y favorecer la aparición de síntomas como palpitaciones, mareos o malestar general.

En este contexto, resulta especialmente importante reforzar los mensajes de educación para la salud en centros escolares, clubes deportivos y familias, de modo que los menores comprendan que el rendimiento físico y académico no se mejora a base de estimulantes, sino a través de descanso suficiente, alimentación equilibrada y actividad física regular.

Un reto de salud pública que implica a toda la sociedad

El peso de los datos y las advertencias de las autoridades sanitarias ha situado el consumo de bebidas energéticas en menores como un problema de salud pública de primer orden en España. No se trata solo de episodios puntuales, sino de un fenómeno que puede condicionar el desarrollo físico, mental y conductual de una generación.

Los expertos coinciden en que la respuesta debe ser multidimensional. Por un lado, la información rigurosa es clave: campañas como la de CEAPA ayudan a que las familias entiendan qué hay detrás de estas latas que parecen inofensivas y a que puedan conversar con sus hijos sobre límites razonables y riesgos reales.

Por otro, cada vez se habla más de la necesidad de revisar el marco regulatorio, tanto en lo que respecta a la venta a menores como a la publicidad dirigida a públicos jóvenes. El objetivo sería reducir la exposición y el acceso fácil a unos productos que, según sus propios envases, no están recomendados para niños.

También se apunta al papel de los centros educativos y sanitarios, que pueden detectar patrones de consumo problemáticos, ofrecer orientación y derivar a recursos especializados cuando sea necesario. El acompañamiento profesional resulta esencial en casos de consumo intenso, dependencia o presencia de otros problemas de salud mental.

En un contexto en el que el cansancio, el estrés académico y la búsqueda de sensaciones fuertes forman parte del día a día de muchos jóvenes, las bebidas energéticas se han convertido en una especie de atajo rápido para aguantar más horas despiertos o sentirse “a tope”. Sin embargo, toda la evidencia disponible indica que ese atajo tiene un peaje elevado para el organismo y para el bienestar emocional, especialmente cuando se empieza a tomar a edades tan tempranas como los 12 o 13 años.

La creciente presencia de estas bebidas en la vida de niños y adolescentes, su precio asequible, la publicidad agresiva y la falsa sensación de control sanitario componen un cóctel que exige atención, diálogo y responsabilidad compartida entre familias, escuelas, sector sanitario y administraciones públicas si se quiere proteger de verdad la salud de los menores.