Artemis II: así será la comida de los astronautas en la misión lunar

  • Artemis II será la primera misión tripulada del programa que orbitará la Luna durante unos diez días sin reabastecimiento ni alimentos frescos.
  • La nave Orión no dispone de nevera ni cocina al uso, por lo que todo el menú se basa en alimentos no perecederos listos para comer, rehidratables, termoestabilizados o irradiados.
  • La tripulación contará con un menú de 189 productos distintos, con más de diez tipos de bebidas, platos principales, verduras, postres y una amplia variedad de salsas y untables.
  • La planificación de la dieta busca mantener la salud física y el bienestar psicológico de los astronautas y servirá como ensayo para futuras misiones a la superficie lunar y a Marte.

comida mision Artemis II

La misión Artemis II de la NASA no solo supone volver a llevar seres humanos a la órbita de la Luna, sino también poner a prueba cómo se organizan los aspectos más cotidianos de la vida en el espacio. Entre ellos, uno de los más delicados es algo tan aparentemente simple como qué van a comer los astronautas durante los diez días de viaje a casi 400.000 kilómetros de la Tierra.

A bordo de la cápsula Orión no habrá espacio para improvisar: no existe la opción de reabastecerse ni de recibir alimentos frescos una vez iniciada la travesía. Toda la comida debe ir preparada desde el lanzamiento, ser segura durante todo el trayecto y, además, contribuir a mantener la salud física y el ánimo de la tripulación en un entorno de aislamiento y microgravedad.

Un viaje de 10 días sin nevera ni reabastecimiento

Artemis II será la primera misión tripulada del programa Artemis y servirá como gran ensayo general para el regreso definitivo a la superficie lunar. Durante unos diez días, cuatro astronautas orbitarán la Luna en un vehículo autónomo y compacto en el que cada gramo de masa y cada centímetro de volumen cuentan.

A diferencia de la Estación Espacial Internacional, que recibe periódicamente cargueros con frutas, verduras y otros productos frescos, Orión no dispone de refrigeración ni de capacidad de carga tardía. Esto obliga a que todo el menú esté formado por alimentos de larga duración, diseñados para mantenerse estables a temperatura ambiente y resistir las vibraciones del lanzamiento y las condiciones del espacio.

La NASA lo resume de forma clara: sin reabastecimiento, todas las comidas deben seleccionarse con extremo cuidado para garantizar seguridad alimentaria, durabilidad y facilidad de consumo. No hay margen para errores; cualquier problema con la comida durante el vuelo supondría un quebradero de cabeza logístico y médico difícil de gestionar a tanta distancia.

Este planteamiento convierte la despensa de Artemis II en una especie de laboratorio en órbita, donde cada ración servirá también como experimento para futuras misiones más largas, incluidas las que busquen asentarse en la Luna o emprender el rumbo hacia Marte.

Cómo es la “cocina” de la nave Orión

Quien imagine una cocina tradicional a bordo se lleva una decepción: en Orión no hay fogones, hornos, ni microondas, y mucho menos una placa de inducción como la de casa. La “zona de cocina” es, en realidad, un conjunto compacto de equipos pensado para funcionar de forma segura en microgravedad.

El corazón de este sistema es un dispensador de agua potable que permite rehidratar los alimentos liofilizados y las bebidas en polvo. Junto a él se encuentra un calentador de alimentos del tamaño de un maletín, donde las bolsas de comida se fijan a una placa térmica para elevar su temperatura antes de comerlas.

Gran parte del menú viaja deshidratado, para reducir peso y volumen. En estos casos, basta con añadir la cantidad precisa de agua —fría o caliente, según la receta— y esperar a que el contenido recupere su textura adecuada. Otros productos son listos para consumir directamente del envase, sin preparación previa, algo especialmente útil en las fases más críticas del vuelo.

Durante el lanzamiento y el reingreso, cuando el uso del sistema de agua está restringido por seguridad, solo se permiten artículos que puedan comerse tal cual. Cuando la nave se encuentra ya en vuelo estable, la tripulación dispone de más margen y puede rehidratar, calentar o combinar distintos platos dentro de las limitaciones del espacio disponible.

Esta forma de “cocinar” puede resultar poco glamurosa, pero responde a razones de seguridad y eficiencia: reducir la manipulación de alimentos, ahorrar energía y evitar cualquier humo, llama o residuo que pudiera causar problemas a bordo.

Tecnologías para conservar los alimentos espaciales

Para que los alimentos lleguen en perfectas condiciones hasta el final de la misión, la NASA recurre a varias técnicas de conservación que llevan años perfeccionándose en vuelos espaciales y laboratorios especializados. Todas ellas persiguen el mismo objetivo: garantizar la seguridad microbiológica sin comprometer en exceso el sabor ni el valor nutricional.

Una parte de las raciones se elabora como recetas termoestabilizadas. Esto significa que se procesan con calor controlado para destruir microorganismos y enzimas que podrían estropear la comida, permitiendo que se mantenga estable en estantería durante largos periodos sin necesidad de frío.

Otro bloque importante corresponde a alimentos irradiados, que han sido esterilizados mediante dosis específicas de radiación. Según la propia FDA estadounidense, este proceso no hace que los alimentos se vuelvan radiactivos ni altera de forma notable su textura, color o composición nutricional. En el contexto de una nave como Orión, donde no hay posibilidad de tirarlo y cambiarlo por otro, esa seguridad añadida es especialmente valiosa.

Por último, las raciones rehidratables se preparan extrayendo el agua casi por completo, lo que reduce mucho el peso y evita que se desarrollen bacterias. Una vez en el espacio, basta con inyectar el agua adecuada desde el dispensador de la nave para que recuperen su volumen y consistencia originales.

Estos sistemas se complementan con un envasado muy estudiado, sellado al vacío y en porciones individuales o agrupadas por días, de modo que la comida de cada astronauta para varias jornadas puede almacenarse en un solo contenedor y facilitar así la logística interna de la cápsula.

Menú de Artemis II: 189 productos para no aburrirse

Lejos del tópico de los “tubos de pasta insípida”, la selección para Artemis II es bastante amplia. La NASA ha preparado 189 ítems distintos, entre platos principales, acompañamientos, bebidas, snacks y postres, con el fin de evitar la monotonía y mantener el apetito de la tripulación durante toda la misión.

En el apartado de comidas saladas, la lista incluye granola con arándanos, huevos revueltos, salchichas, quiche de verduras, carne de ternera tipo brisket, macarrones con queso y brócoli gratinado, entre otros muchos platos. También figuran couscous con nueces, distintas verduras como coliflor, calabaza butternut o judías verdes, y ensaladas preparadas, por ejemplo, de mango.

La selección de productos dulces tampoco se queda corta: chocolates, galletas, tartas, budines, cobblers de fruta y frutos secos caramelizados forman parte de una gama pensada para ofrecer pequeños momentos de recompensa a lo largo del día. No es solo cuestión de antojos; se trata también de ayudar a regular el estado de ánimo en un entorno exigente y aislado.

En cuanto al pan, el clásico pan de barra o de molde queda fuera de juego. En un ambiente sin gravedad, las migas son un peligro potencial para los equipos y para los propios astronautas, ya que pueden flotar, introducirse en filtros o ser inhaladas. Por eso, el protagonismo recae en tortillas y panes planos de trigo, que se desmenuzan mucho menos y pueden servir de base para múltiples preparaciones.

La propia NASA recalca que los alimentos elegidos son no perecederos para mantener su calidad a lo largo de todo el viaje y reducir al mínimo la generación de partículas sueltas. El tipo de envase, el tamaño de las raciones y la presencia de cierres seguros se han evaluado al detalle para evitar imprevistos.

Bebidas, salsas y untables: los pequeños detalles que marcan la diferencia

El menú de bebidas está condicionado por el peso y el volumen, pero aun así la oferta resulta bastante variada. La tripulación contará con más de diez tipos de bebidas, entre las que se encuentran café, té verde, limonada, cacao, sidra de manzana, batidos de frutas como smoothies de mango-durazno o piña y preparados para desayuno en sabores chocolate, vainilla o fresa.

Eso sí, hay una limitación importante: cada astronauta puede elegir solo dos bebidas saborizadas al día, una forma de controlar tanto el aporte de líquidos adicionales como el peso total que se envía a bordo. En ningún caso se han incluido bebidas alcohólicas, algo totalmente descartado en este tipo de misiones.

Donde la NASA ha puesto un cuidado especial es en el apartado de salsas, untables y condimentos, que dan un plus de sabor a los platos base. En la despensa de Artemis II figuran cinco tipos de salsa picante, miel, sirope de arce, mantequillas de cacahuete y almendra, mostaza picante, crema de chocolate, canela y mermelada de fresa, entre otros.

Puede parecer un lujo, pero tiene todo el sentido en microgravedad: al redistribuirse los fluidos corporales hacia la cabeza, muchos astronautas notan una especie de congestión nasal, lo que reduce su capacidad para percibir los sabores, especialmente los dulces y salados. Los sabores intensos y picantes ayudan a compensar esa pérdida de sensibilidad.

De este modo, las salsas y especias se convierten en una herramienta más para conseguir que los astronautas coman lo suficiente y lo hagan con cierta satisfacción, algo clave cuando el cuerpo está sometido a cargas de trabajo elevadas y a un entorno fuera de lo habitual.

Nutrición espacial: energía, músculo, hueso y cabeza

El diseño del menú de Artemis II no se limita a cubrir antojos o gustos personales. Detrás hay un equipo de especialistas en nutrición espacial que ha calculado cuidadosamente las necesidades calóricas y de hidratación de cada miembro de la tripulación, teniendo en cuenta factores como la masa corporal, el nivel de actividad física y las condiciones ambientales dentro de la nave.

Cada astronauta ha participado en catas y pruebas previas en la Tierra, donde ha ido valorando distintos platos del catálogo estándar. El objetivo es encontrar un equilibrio entre las preferencias individuales y los requisitos mínimos de nutrientes que exige el equipo médico. Algunos lo explican con humor: los responsables les recuerdan que no pueden basar todo el menú en macarrones con queso, por muy tentador que resulte.

Uno de los puntos clave es mantener la masa muscular y la densidad ósea en un entorno donde el cuerpo tiende a perderlas por la falta de gravedad. Para ello se apuesta por fuentes de proteínas de calidad, combinadas con hidratos de carbono y grasas saludables, además de vitaminas y minerales esenciales.

Entre las novedades destacadas aparece el amaranto, un pseudocereal sin gluten, muy rico en proteínas y con un perfil nutricional interesante para el espacio, y otras iniciativas como la nueva variedad de arroz lunar. Su inclusión responde al interés por diversificar las fuentes de nutrientes y contar con ingredientes que ayuden a sostener el rendimiento físico y cognitivo durante todo el viaje.

Más allá del aspecto físico, la NASA subraya que la alimentación está pensada para favorecer el rendimiento mental y el bienestar psicológico de la tripulación. Comer bien —y comer algo que apetezca— se convierte en un momento de pausa y de cierta normalidad dentro de una misión sometida a horarios ajustados, tareas constantes y presión operativa.

Comer en órbita: rutina, logística y futuro

En el día a día de Artemis II, las comidas se estructuran de forma similar a lo que conocemos en la Tierra: desayuno, almuerzo y cena, con la opción de pequeños snacks entre horas. Pero la realidad operativa impone matices importantes, sobre todo en las primeras horas de la misión.

El primer día de vuelo es especialmente intenso, con horas de preparativos previos al lanzamiento y numerosas tareas en órbita. Los propios astronautas reconocen que quizá no tendrán tiempo para calentar todos los platos previstos y que buena parte de esas primeras comidas se basará en productos listos para consumir rápidamente entre una operación y otra.

Para agilizar el reparto y evitar confusiones en un espacio tan reducido, la comida de cada astronauta para un período de dos o tres días se empaqueta en un único contenedor identificado. Esto ofrece cierta flexibilidad para intercambiar platos dentro de ese margen, pero siempre dentro de lo que la planificación nutricional permite.

Mantener el hábito de sentarse —o más bien, fijarse— a comer juntos también tiene una función social evidente. Muchos tripulantes describen estos ratos como momentos de desconexión y convivencia, casi como una pequeña acampada en el espacio, en los que charlan, comparten impresiones del día y se apoyan mutuamente.

Desde la perspectiva de la exploración espacial, cada bandeja, cada salsa y cada bebida de Artemis II se analizan como datos valiosos para las próximas fases del programa. Lo que funcione bien se incorporará a los menús de futuras misiones de larga duración; lo que no encaje se revisará y ajustará para los siguientes vuelos.

Todo este despliegue de planificación, tecnología y coordinación en torno a la comida de Artemis II demuestra que, en la exploración del espacio, alimentar adecuadamente a la tripulación es tan estratégico como cualquier sistema de propulsión o de comunicaciones; de cómo se coma en esta misión dependerán en gran medida las lecciones que permitan a la NASA y a otras agencias, también en Europa, preparar viajes más largos y ambiciosos hacia la Luna y, más adelante, hacia Marte.

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